En busca del tiempo perdido

Marcel Proust

1871- 1922

Escritor francés nacido en París, el 10 de julio de 1871. Perteneciente a una familia acomodada, se cría en ambientes refinados y exclusivos que se reflejan en su obra. De frágil salud, recibió una esmerada educación, dando muestras de una gran inteligencia y sensibilidad. Estudió en el Liceo Condorcet y después Derecho en la Sorbona y en la Facultad de Ciencias Políticas. Frecuentó las tertulias literarias, lo que le dió la pauta para realizar un análisis psicológico de cada personaje de sus novelas, logrando un sinfín de caracterizaciones que abarcan los diversos matices del ser humano.

En 1896 publicó su primera obra, “Los placeres y los días”, un volumen de ensayos que pasó inadvertido, aunque en él ya muestra dotes de observador para reproducir las impresiones recogidas en los salones de la ciudad.

En 1913 pública “En busca del tiempo perdido”, monumental novela, de tres mil páginas, dividida en siete partes. Considerada como una de las cumbres de la literatura universal, constituye un estudio psicológico de la vida y el mundo que rodeó al autor y describe con minuciosidad la vida física y, sobre todo, la vida mental de un hombre ocioso que se mueve entre la alta sociedad. La obra se convierte en un largo monólogo interior en primera persona. El primer volumen, “Por el camino de Swann”, fue publicado en 1913. A este siguieron “A la Sombra de las Muchachas en Flor”, “El Mundo de Guermantes” (1920-21), “Sodoma y Gomorra” (1921-22), “La Prisionera”(1923), “Albertine desaparecida” y “El Tiempo Recobrado” (1925)(1927). Las tres últimas partes, que dejó manuscritas, se publicaron después de su muerte. Aquejado de asma desde su infancia, a los 35 años se había convertido en un enfermo crónico. Pasó el resto de su vida recluido, sin abandonar prácticamente nunca la habitación revestida de corcho donde escribió su obra maestra.

.

“Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: «Ya me duermo». Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado: no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido, los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; en seguida recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos, y aun más quizá para mi espíritu, al cual se aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente oscura. Me preguntaba qué hora sería; oía el silbar de los trenes que, más o menos en la lejanía, y señalando las distancias, como el canto de un pájaro en el bosque, me describía la extensión de los campos desiertos, por donde un viandante marcha deprisa hacía la estación cercana; y el caminito que recorre se va a grabar en su recuerdo por la excitación que le dan los lugares nuevos, los actos desusados, la charla reciente, los adioses de la despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche, y la dulzura próxima del retorno. Apoyaba blandamente mis mejillas en las hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y tan frescas, que son como las mejillas mismas de nuestra niñez. Encendía una cerilla para mirar el reloj. Pronto serían las doce. Este es el momento en que el enfermo que tuvo que salir de viaje y acostarse en una fonda desconocida, se despierta, sobrecogido por un dolor, y siente alegría al ver una rayita de luz por debajo de la puerta. ¡Qué gozo! Es de día ya.”

Ya de entrada, el título, nos indica adonde vamos a sumergirnos: Sí, en el siglo XX, el siglo donde el tiempo pasa raudo, donde las cosas y los hechos se suceden sin darnos tiempo a mayores reflexiones, el siglo en que todo se ha convertido en instantáneo, y, Proust tuvo el ingenio de captarlo para mostrárnoslo, claro, en tres mil páginas, para que nos diéramos tiempo de entender que tenemos que reencontrarnos con el tiempo perdido, con la vida y con la muerte, con los amigos y con los recuerdos de la infancia, con el dolor, la alegría o el aburrimiento,¡ah!, y con la convicción de que el tiempo no existe, o sí, que existen muchos tiempos de conformidad a COMO VAMOS ENVEJECIENDO, que cada día que pasa es un tiempo nuevo y que, al fin y a la postre, somos nosotros los que decidimos el tiempo, el instante que preferimos, en síntesis, la vida que queremos.

“En busca del tiempo perdido” no es novela de una sola faceta, sino de muchas: sobre unos parámetros de partida parcialmente autobiográficos, Proust consigue una narración iniciática, el reflejo crítico de toda una sociedad, una novela psicológica, una obra simbólica, el análisis de inclinaciones sexuales hasta entonces prohibidas, una reflexión sobre la literatura y la creación artística.

Su lectura no es fácil dado que, a menudo, escribe frases demasiado largas que cuesta asimilarlas de una sola vez y que, por ello, exigen su relectura, dejo consignada aquí una como ejemplo:

“Sofá surgido del sueño entre los sillones nuevos y muy reales, unas sillas pequeñas tapizadas de seda rosa, tapete brochado a juego elevado a la dignidad de persona desde el momento en que, como una persona, tenía un pasado, una memoria, conservando en la sombra fría del salón del Quai Conti el halo de los rayos de sol que entraban por las ventanas de la Rue Motalivet (a la hora que él conocía tan bien como la propia madame Verdurin) y por las encristaladas puertas de La Raspèhere, adonde la habían llevado y desde donde miraba todo el día, más allá del florido jardín, el profundo valle de la mientras llegaba la hora de que Cottard y el violinista jugaran su partida; ramo de violetas y de pensamientos al pastel, regalo de un gran amigo va muerto, único fragmento superviviente de una vida desaparecida sin dejar huella, resumen de un gran talento y de una larga amistad, recuerdo de su mirada atenta y dulce, de su bella mano llena y triste cuando pintaba; un arsenal bonito, desorden de los regalos de los fieles que siguió por doquier a la dueña de la casa y que acabó por adquirir la marca y la fijeza de un rasgo de carácter, de una línea del destino; profusión de ramos de flores, de cajas de bombones que, aquí como allí, sistematizada su expansión con arreglo a un modo de floración idéntico: curiosa interpolación de los objetos singulares y superfluos que aún parece salir de la caja en la que fueron ofrecidos y que siguen siendo toda la vida lo que en su origen fueron, regalos de Año Nuevo, en fin, todos esos objetos que no sabríamos diferenciar de los demás, pero que para Brichot, veterano de las fiestas de los Verdurin, tenían esa pátina, ese aterciopelado de las cosas a las que añade su doble espiritual, dándoles así una especie de profundidad; todo esto, disperso, hacía cantar para él, como teclas sonoras que despertaran en su corazón semejanzas amadas, reminiscencias confusas y que en el salón mismo, muy actual, donde ponían su toque acá y allá, defininían, delimitaban muebles y tapices, como lo hace en un día claro un cuadrado de sol seccionando la atmósfera, los tapices y de un cojín a un jarrón, de un taburete al rastro de un perfume, perseguían con un modo de iluminación en el que predominaban los colores, esculpían, evocaban, espiritualizaban, daban vida a una forma que era como la figura ideal, inmanente en sus viviendas sucesivas, del salón de los Verdurin”.

Y es que para leer a Proust hay que tomárselo con calma. Como decía el hermano del autor, “lo triste es que las personas tengan que estar muy enfermas o tengan que haberse roto una pierna para disfrutar de la ocasión de leer “En busca del tiempo perdido”. Siempre debemos tener presente que los libros así de largos, como afirma Richard Kapuscinsky, “tienen un aspecto tentador; son como una invitación a una mesa llena de manjares”.

La política (Aristóteles)

Aristóteles 384 aC – 322 aC

Así como Platón es el fundador de la dialéctica ( encontrar la contradicción en la esencia de las cosas y no en el argumento del contrario como hacían los sofistas), su discípulo Aristóteles es el fundador del sistema filosófico más poderoso del mundo antiguo, enraizado en las ciencias de su época, a cuyo desarrollo contribuyó en primera línea: ciencias biológicas, ciencias políticas, lógica formal. También es el creador de la teología natural y del monoteísmo filosófico, sobre el cual se apoyarían ulteriormente la teología judía, la cristiana y la musulmana.

Nacido en Estagira (en el reino de Macedonia) hacia 384/383 a.n.e. –por lo que también se le conoce como el Estagirita. Su tutor Próxeno decidió llevarle a Atenas, para incorporarle a la Academia, donde fue discípulo de Platón durante veinte años (entre 367-366 y 347-346). A la muerte de Platón. Aristóteles se trasladó junto con Jenócrates a la ciudad de Assos, donde dirigió una escuela platónica. Se asentó luego en Mitilene (345-343), de donde pasó a la corte del rey Filipo de Macedonia, donde fue preceptor de Alejandro, el heredero, hasta que en 340 asumió el poder. Hacia 335 regresó Aristóteles a Atenas, y en competencia con la Academia fundó su propia escuela, en los jardines públicos del santuario dedicado a Apolo Liceo, de donde fue conocida como Liceo, y peripatéticos sus discípulos (por pasear bajo el perípatos, o paseo cubierto del jardín).

“Es posible que la mayoría, en la que cada individuo no es un hombre de talento, sea colectivamente superior a un grupo pequeño de los mejores… Siendo grande el número total, es posible que cada uno de sus componentes posea una parte de virtud y de prudencia… De esta manera, el público es mejor juez que los críticos, aun en composiciones musicales y poéticas: porque algunos juzgan una parte determinada, y otros una parte distinta, y todos juzgan colectivamente el todo… De acuerdo con esta teoría no es aconsejable confiar a las masas la responsabilidad y la autoridad final para elegir funcionarios del Estado. Es probable, sin embargo, que esta forma de argumentar adolezca de algún error; en parte, a menos que el carácter de las masas sea absolutamente servil, por la razón ya aducida de que, aunque individualmente sean jueces inferiores a los expertos, en su capacidad colectiva son superiores o por lo menos iguales a ellos; y en parte porque existen algunos temas sobre los que no es el artista el único o el mejor juez, como por ejemplo todos aquellos aspectos cuyos resultados están abiertos a la crítica legítima de personas que no son maestros en ese arte. Así no es solo el constructor el llamado a juzgar de los meritos de una casa; la persona que la usa, es decir el que vive en ella, es mejor juez; de la misma manera, un piloto es mejor juez de las condiciones de un timón que el carpintero que lo ha hecho, o un asistente a un banquete apreciara la comida mejor que el cocinero que la cocinó”.

“La virtud de un Ciudadano puede definirse como una relación práctica, tanto como gobernante cuanto como súbdito, con las características, gubernativas, de una comunidad libre”.

Para Aristóteles el hombre es un “animal político” por naturaleza. Sólo los dioses pueden vivir aislados. La fuerza natural hacia la reproducción y la conservación inclina a los hombres a vivir unidos, primero en la familia, luego en la aldea (unión de varias familias) y finalmente en la ciudad-estado (ni muy pocos, ni demasiados habitantes). El buen funcionamiento de una ciudad-estado no se asegura solamente por aunar voluntades hacia un mismo fin; se requiere también de leyes sensatas y apropiadas que respeten las diferencias y eduquen a los ciudadanos para la responsabilidad civil dentro de la libertad (Aristóteles, en su mentalidad clasista griega, no concibe el derecho de ciudadanía ni para las mujeres ni para los esclavos).

Existen tres formas de legítimo gobierno: monarquía (gobierno de uno), aristocracia (gobierno de los mejores) y república (gobierno de muchos). A esas formas rectas de gobierno se oponen la tiranía, la oligarquía y la democracia (Aristóteles entiende por “democracia” el gobierno de los pobres). No se puede decir cuál de las tres es mejor, pues la teoría concreta para un pueblo hay que deducirla de una indagación objetiva de las varias formas históricas de gobierno, y definir según las circunstancias cuál es más conveniente para un determinado estado (Aristóteles recogió y estudió las constituciones de 158 estados). En principio, toda forma de gobierno es buena si quien gobierna busca el bien de los gobernados.

En la “Ética a Nicómaco”, Aristóteles, nos exhorta a que evitemos los extremos y escojamos “el término medio”, un modo de existencia practicado por el hombre virtuoso como forma de moderar los excesos del apetito. Quizás su apreciación sea cierta, pero ¿qué?, el resultado no dejaría de ser un encefalograma plano, el cual no estamos muy dispuestos a aceptar.

No debemos olvidar que los ciudadanos, en la Grecia Aristotélica, para ser ciudadanos de pleno derecho, tenían que ser hombres, y hombres Griegos de tercera generación. Las mujeres no contaban; su función principal, aun hoy para algunos partidos políticos y algunas ideologías trasnochadas también, era la de reproductoras de hombres y la atención a los deberes y obligaciones del hogar. Los trabajadores manuales también estaban descalificados porque los hombres debían dedicarse a una sola actividad, y, si el trabajo de los ciudadanos era la reflexión y la virtud publica, estos no debían realizar trabajos manuales. La democracia ateniense, de conformidad con estos principios, estaba formada por muy pocas personas. Para Aristóteles la igualdad entre las gentes conduce a la discordia. Por el contrario, la Jerarquía, conduce al orden. “La Política” de Aristóteles es un intento de justificar la desigualdad entre los hombres, empezando por la estructura familiar.

Para desgracia nuestra, “La política”, continúa ejerciendo su influencia en nuestro mundo moderno, en la actualidad, y se sigue utilizando para justificar las relaciones de desigualdad entre hombre y mujer o entre patrón y trabajador, utilizando para ello, el muy políticamente correcto eslogan de la EXCELENCIA, de conformidad con el canon de quienes lo imponen, en todas las actividades del humano vivir: Un vistazo crítico, a nuestro alrededor, nos devuelve a esa dura realidad.

La República

 

.

Platón 427 aC – 347 aC

Filósofo griego, nacido en el seno de una familia aristocrática, abandonó su vocación política por la Filosofía. Continuador del pensamiento Socrático se enfrentó abiertamente a los sofistas (Protágoras, Gorgias…). Tras la muerte de Sócrates (399 a. C.), se apartó completamente de la política; no obstante, los temas políticos ocuparon siempre un lugar central en su pensamiento, y llegó a concebir un modelo ideal de Estado. En Atenas, fundó una escuela de Filosofía en el 387 situada en las afueras de la ciudad, que denominaron La Academia, por encontrarse cerca al parque de Academos. En ella se estudiaba todo tipo de materias, dado que la Filosofía englobaba la totalidad del saber, especialmente la Lógica, la Ética o la Física y la Política. Pervivió más de novecientos años, hasta que Justiniano la mandó cerrar en el 529 dC. En ella se habían educado personajes de importancia tan fundamental como Aristóteles.

A diferencia de Sócrates, que no dejó obra escrita, los trabajos de Platón se han conservado casi en su totalidad y se le considera por ello el fundador de la Filosofía propiamente dicha. La mayor parte de sus escritos se encuentran en forma de Diálogos, como los de La República, Las Leyes, El Banquete, Fedro o Fedón.

El contenido de estos escritos es una especulación metafísica, pero con marcada orientación práctica. El mundo del ser en sí es el de las ideas, mientras que el mundo de las apariencias, que nos rodea, está sometido a continuo cambio y degeneración. De otra parte, el hombre es un compuesto de dos realidades distintas unidas accidentalmente: el cuerpo mortal (relacionado con el mundo sensible) y el del alma inmortal (perteneciente al mundo de las ideas). Este hombre dual sólo podría conseguir la felicidad mediante un ejercicio continuado de la virtud para perfeccionar el alma; y la virtud significa, ante todo, la justicia, compendio armónico de las tres virtudes particulares, que corresponden a los tres componentes del alma: sabiduría de la razón, fortaleza del ánimo y templanza de los apetitos.

La completa realización de este ideal humano solo puede realizarse en la polis, dentro de la comunidad política, donde el Estado ofrece armonía y consistencia a las virtudes individuales. El Estado ideal de Platón es una República formada por tres clases de ciudadanos -el pueblo, los guerreros y los filósofos-, cada una con su misión específica y sus virtudes características: los filósofos serían los llamados a gobernar la comunidad, por poseer la virtud de la sabiduría; mientras que los guerreros velarían por el orden y la defensa, apoyándose en su virtud de la fortaleza; y el pueblo trabajaría en actividades productivas, cultivando la templanza.

“Ahora –proseguí- represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la educación y a su ausencia, según el cuadro que te voy a trazar. Imagina un antro subterráneo; que tenga en toda su anchura una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna, hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen en frente. Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor los alumbra, y un camino elevado entre ese fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un tabique, semejante a la mampara que los titiriteros ponen entre ellos y los espectadores, para exhibir por encima de ella las maravillas que hacen.

-Ya me represento todo eso -dijo.

Figúrate ahora unas personas que pasan a lo largo del tabique llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, objetos de piedra o de madera de manera que todo esto sobresalga del tabique. Entre los portadores de todas estas cosas, como es natural, unos irán hablando y otros pasarán sin decir nada.

-¡Extraños prisioneros y cuadro singular! –dijo.

Se parecen, sin embargo, a nosotros punto por punto. –dije. Por lo pronto, ¿crees que puedan ver otra cosa, de sí mismos y de los que están a su lado, que las sombras que el fuego proyecta enfrente de ellos al fondo de la caverna?

-¿Cómo habrían de poder ver más –dijo- si desde su nacimiento están precisados a tener la cabeza inmóvil?

Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos ¿pueden ver otra cosa que las sombras de los mismos?

-¿Qué otra cosa sino?

Si pudieran conversar unos con otros ¿no convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas mismas?

-Por fuerza.

¿Se imaginarían oír hablar a otra cosa que a las sombras mismas que pasan por delante de sus ojos?

-¡No, por Zeus! –exclamó.

En fin, no creerán que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras de objetos fabricados –dije.

-Es forzoso por completo.”

Hace mucho tiempo que leí por primera vez “La Republica”. Entonces, gajes de la juventud, pasé a vuelo de neblí ligero sobre ella sin percatarme lo suficiente de su contenido, muy a pesar de que el mundo, tal como hoy, se estaba desboronando, desdibujándose lo que dábamos por cierto e imponiéndose, valiéndose de los medios de comunicación, un pensamiento “nuevo” en contra vía de las aspiraciones ciudadanas.

Debo decir, que es Platón, sin lugar a dudas, el pensador político más profundo de su época. En conjunto Platón fue hostil a la democracia, pero su pensamiento fue evolucionando en la medida en que iba aumentando su experiencia como observador de la polis. Experiencias que deja plasmadas en “La Republica” y que posteriormente va modificando en “El Político” y en “Las Leyes”.

Centrémonos por ahora en “La Republica” donde Platón y su maestro Sócrates hablan de la justicia. ¿Justicia? Entonces en Grecia, como hoy en nuestro mundo contemporáneo no pasaba de ser más que un bonito ideal. La justicia social se está yendo al garete sin que la acción política, sujeta a los principios del mercado, haga nada por impedirlo. El mercado, que, desde el punto de vista conservador recompensa a los virtuosos y castiga a los holgazanes, comienza a dar muestras de su fracaso estruendoso, en forma parecida a como las instituciones griegas de la época de Platón hacían aguas: En el “Gorgias”, Platón combate seriamente la democracia. Reprocha a los políticos el haber buscado excesivamente el poder material de la ciudad, a enriquecerse personalmente en lugar de enseñar a los ciudadanos y a sí mismos la justicia y la moderación.

Platón escribió cosas muy importantes en la primera parte de “La Republica”, en el libro II, una vía hacia la libertad. La cuestión que se planteaba era la siguiente: ¿Respetaría alguien la ley si no fuera por el miedo al castigo? ¿Buscaría alguien la justicia espontáneamente? ¿O se saldría ese alguien con la suya cada vez que se le antojara? Como de costumbre Platón dialoga con Sócrates y con algunos amigos. Glaucón, un amigo que quería que Sócrates hiciera la mejor defensa posible de la justicia cuenta una historia descorazonadora. Es el mito del anillo de Giges:

En el antiguo reino de Lidia, un pastor, Giges, roba un anillo de oro del cadáver de un gigante. Cuando está sentado con otros pastores, Giges comienza a juguetear con el anillo, colocándolo en la palma de su mano. De repente se da cuenta de que los pastores están hablando de él como si no estuviera presente . Con la joya en la mano, ¡el anillo lo hace invisible!. Glaucon prosigue-: Seguro de su descubrimiento, se hizo incluir entre los pastores que habían de ir a dar cuenta al rey. Llega a palacio, corrompe a la reina, y con su auxilio se deshace del rey y se apodera del trono.

Ahora bien, si existiesen dos anillos de esta especie, y se diesen uno a un hombre justo y otro a uno injusto, es opinión común que no se encontraría probablemente un hombre de carácter bastante firme para perseverar en la justicia y abstenerse de tocar los bienes ajenos… En nada diferían, pues, las conductas del uno y del otro: ambos tenderían al mismo fin.

El anillo de Giges sigue, en la actualidad, en manos de los Banqueros, los especuladores financieros, políticos y muchos otros desaprensivos que no piensan sino en su interés personal.

“La Republica”, desde nuestra perspectiva, es antidemocrática, ofensiva y extraña para nuestros gustos. En una sociedad democrática, en la que todos los ciudadanos nos creemos iguales, con los mismos derechos, deberes y obligaciones, y, con la codicia del vil metal a cuestas, confundiendo nuestros sentimientos y la envidia corroyendo la conciencia, causando más confusión aun si se quiere, nos pone ante la gran disyuntiva. ¿Qué podemos hacer? La esencia del espíritu democrático es la libertad de pensamiento y acción, la competencia como núcleo central de la sociedad. Por lo mismo sufriremos siempre las consecuencias de los aspectos que más valoramos de nuestro sistema y que desde luego siempre serán mejorables. “La Republica” de Platón es una bella utopía que deja algunas enseñanzas que no debemos despreciar, tanto más cuanto que, el anillo de Giges sigue en la mano de alguien…

El decamerón


Giovanni Bocaccio (1313-1375)

Escritor y humanista italiano, fue hijo natural del mercader florentino Bocaccio da Chellino, al servicio de los Bardi (familia noble), y de una joven francesa. Es considerado el padre de la prosa Italiana, así como el creador de la novela y el renovador de la antigua épica.

Pasó su infancia en Florencia, y no tardó en abandonar el comercio por la carrera de leyes y el posterior cultivo de las letra. Su estancia en Nápoles le inspiró el escenario y la atmósfera de las obras evocadoras de la figura de Fiammeta, su amada, presente en gran parte de su producción.

Regresó a Florencia en 1340, fue testigo en 1348 de la terrible epidemia de peste descrita en la introducción de Il Decamerone (1350-1355).

.

“Y, ella, que con ocho hombres tal vez unas diez mil veces se había acostado, se acostó como doncella y le hizo creer que lo era; y luego vivió mucho tiempo con él felizmente como reina. Y por eso se dice: “Boca besada no pierde ventura, es más, se renueva como hace la Luna”. (La Hija del Sultán).

.

.

En las obras que hemos citado hasta la fecha faltaba el sexo. Excepción hecha de las tímidas provocaciones de Safo, los vínculos tormentosos entre marido y mujer en las tragedias griegas, las románticas escenas de Shakespeare y en otros autores. El erotismo, en el sentido corporal inmediato, no lo hemos encontrado. Es con Bocaccio que damos con Eros en todo su esplendor, Eros como la fuerza de la vida. Hasta ahora lo habíamos visto como una amenaza para la salvación: La condena de la carne se dejaba sentir con fuerza en San Agustín y en Dante. La carne debía ser domesticada para evitar el infierno tanto en la Tierra como en la vida eterna. Bocaccio le pone punto final a esta forma de mirar la vida y nos invita a vivirla plenamente, a sacarle el mayor partido al momento presente. ¡Bocaccio es liberador! Es el primer escritor que celebra la mayor capacidad sexual de la mujer. En sus cuentos, el sexo derriba todos los muros sociales. Las mujeres de bien se acuestan con criados y mozos de cuadra y luego se plantan desafiantes ante sus maridos. La Naturaleza se manifiesta plenamente insistiendo en que debemos aceptar el temperamento sexual. Es esta la visión “primitiva”, normativa si se quiere, de las relaciones entre los sexos, una actividad natural en la que todos están invitados a participar, salvo aquellos que voluntariamente se nieguen a hacerlo. Bocaccio nos devuelve al paraíso del cual habíamos sido arrojados.

Esta obra, recopilación de cuentos dividida en diez jornadas con diez narraciones o historias, va precedida cada una de ellas de un prologo dedicado a los amantes desgraciados y a las mujeres y de una introducción donde se expone el argumento que sirve de vínculo a los diez relatos de que se compone. Las devastaciones de la peste es el motivo de que se reúna en sociedad un grupo privilegiado de siete damas y tres caballeros, los cuales, en el retiro del campo, deciden buscar distracción, designando para cada día a un cuentista o narrador. Obra predilecta de la sociedad burguesa de los s. XIV y XV, su técnica realista se encamina al propósito de dar verosimilitud narrativa a las historias referidas.

Este libro, al igual que la “Divina Comedia” de Dante Alighieri o los escritos de Petrarca, anuncian lo que se llamó más tarde “Renacimiento”. Rompe con la tradición de escritos místicos predominantes en la época, presentando al ser humano como lo que es, una persona con virtudes y defectos, con sus penas y sus glorias: lo pícaro, lo lascivo, el engaño, grandes amores, en fin, el ser humano al desnudo, no faltando en ocasiones lo cómico y también lo trágico.

La ciudad de Dios

San Agustín 354 – 430

San Agustín, nacido en el año 354 d.C. en los confines del Imperio Romano, en Tagaste, Argelia, vivía en Hipona. Teólogo latino. Hijo de un pagano, Patricio, y de una cristiana, Mónica, San Agustín inició su formación en su ciudad natal y estudió retórica. La lectura de las Escrituras le decepcionó y acentuó su desconfianza hacia una fe impuesta y no fundada en la razón. Su preocupación por el problema del mal fue determinante en su adhesión al maniqueísmo. Dedicado a la difusión de esa doctrina, en Cartago (374-383), Roma (383) y Milán (384).

La lectura de los neoplatónicos, probablemente de Plotino, debilitó las convicciones maniqueístas de San Agustín y modificó su concepción de la esencia divina y de la naturaleza del mal, de manera que el mal sólo puede ser entendido como pérdida de un bien, como ausencia o no-ser, en ningún caso como sustancia.

En 388 regresó definitivamente a África. En el 391 fue ordenado sacerdote en Hipona. Tras la muerte del obispo Valerio, hacia finales del 395, San Agustín fue nombrado obispo de Hipona. Desde esta tribuna escribió sus célebres Cartas a amigos, adversarios, extranjeros, fieles y paganos, y ejerció a la vez de pastor, orador y juez. Al caer Roma en manos de los godos de Alarico (410), se acusó al cristianismo de ser responsable de las desgracias del Imperio, lo que suscitó una encendida respuesta de San Agustín, recogida en “La Ciudad de Dios”, que contiene una verdadera filosofía de la historia cristiana.

El tema central del pensamiento de San Agustín es la relación del alma, perdida por el pecado y salvada por la gracia divina, con Dios, relación en la que el mundo exterior no cumple otra función que la de mediador entre ambas partes. De ahí su carácter esencialmente espiritualista, frente a la tendencia cosmológica de la filosofía griega. La obra de Agustín se plantea como un largo y ardiente diálogo entre la criatura y su Creador, entre el bien y el mal, esquema que desarrollan explícitamente sus Confesiones. Debe tenerse en cuenta que Agustín llevó en su juventud una vida disoluta ocasionada por su ingobernable miembro masculino, le preocupaban mucho sus involuntarias erecciones. Agustín las interpretaba como una reprobación divina, como un castigo por el pecado original. Agustín hace referencia a su ingobernable miembro una y otra vez; este hecho se convirtió en una de las claves temáticas de su teología, el pecado, la desobediencia, la falta de voluntad.

.

.

“Ya al alma, que se había deleitado y usado mal de su propia libertad y se había desdeñado de conocer a Dios, la había dejado la obediencia que le solía guardar el cuerpo… no le tenía a su albedrio, ni del todo sujeta la carne como siempre la pudo tener si perseverara ella guardando la obediencia y subordinación a su Dios. Entonces, pues, la carne comenzó a pecar contra el espíritu.”

Es una obra extraordinaria, un mayúsculo esfuerzo por dejarlo todo atado y bien atado, por organizar y estructurar bien la vida. “La Ciudad de Dios” es una obra que llena todos los espacios de manera intelectual, conceptual, material y espiritual, en idéntica forma y manera que Dios lo llena todo. En él se resume la cultura clásica, se combate el paganismo, se elogia a Platón, se interpreta el Antiguo y el Nuevo Testamentos, se habla de la Creación, del tiempo, del estado y de las criaturas de Dios y su felicidad. Dios, pensaba Agustín, tenía un proyecto para el hombre, para su historia. Pero también para lo irracional, para lo discordante, para lo inexplicable.

“La Ciudad de Dios” influye de manera decisiva en la cultura de Occidente, introduce la cultura Greco-Romana en la historia Cristiana. La influencia de Platón sobre Agustín es una de las líneas principales del pensamiento de Occidente. Agustín adoptó el idealismo Platónico, la jerarquía según la cual las formas, las ideas, constituyen la perfección, y las cosas mundanas, la realidad palpable, meras copias inferiores, reflejos de las anteriores. La perfección, según Agustín, pasó a ser la idea visible de la bondad pura, la verdadera realidad que existe independientemente de nosotros. El espíritu y la materia de Platón pasan a ser en Agustín el Espíritu y la carne; lo superior y lo inferior se transforman en lo inmutable. Para Agustín, la existencia no es el resultado de la participación del bien como lo plantea Platón, sino de la participación en Dios. El cuerpo también participa, de manera desobediente y obstinada.

La Biblia. Nuevo Testamento

 

Autor: los Apóstoles

Este libro hay que mirarlo como el producto de una época y de un lugar determinado, es decir, debe analizarse dentro de su contexto histórico, dentro del marco especial que rodeaba Palestina bajo el dominio del Imperio Romano.

El Nuevo Testamento está dividido en 27 libros:

– LOS SANTOS EVANGELIOS: Evangelio según San Mateo, Evangelio de San Marcos, Evangelio de San Lucas, Evangelio de San Juan

– Hechos de los Apóstoles

– CARTAS DE SAN PABLO: A los Romanos, 1a a los Corintios, 2a los Corintios, A los Gálatas, A los Efesios, A los Filipenses, A los Colosenses, 1a a los Tesalonicenses, 2a a los Tesalonicenses, 1a a Timoteo, 2a Timoteo, A Tito, A Filemón, A los Hebreos

– EPÍSTOLAS: Epístola de Santiago, Epístola 1a de San Pedro, Epístola 2a de San Pedro, Epístola 1a de San Juan, Epístola 2a de San Juan, Epístola 3a de San Juan, Epístola de San Judas

 Apocalípsis

De todos ellos debemos reseñar como fundamentales los cuatro evangelios: de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Son considerados auténticos por la jerarquía eclesiástica. Sobre la autoría de los evangelios existen muchas dudas y lo que es probable es que Juan, Lucas, Marcos y Mateo hubieran colaborado fragmentariamente en su composición. Lo cierto es que el movimiento encabezado por Cristo, desde el punto de vista histórico, no deja de ser un movimiento de oposición dentro del judaísmo y un episodio más de la relación del hombre con el Estado y con su época.

De los cuatro evangelios canónicos, el de Mateo, es el que expone con mayor claridad las enseñanzas de Jesús, incluido “el sermón de la montaña”.

.

“No penséis que he venido a destruir la ley de los profetas. No he venido a destruir, sino a cumplir lo prometido” –dijo Jesús.

“Si eres el hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes” –dijo el tentador.

Mas él Respondió: “Esta escrito: no solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que sale de la boca de Dios”. (Mateo 4,3-4)

.

El Evangelio de Mateo

Este libro es anónimo, porque no está firmado. La tradición atribuye su autoría a Mateo Leví, un recaudador de impuestos a quien Jesús llamó para que le siguiera como uno de sus apóstoles. La datación mayoritaria sitúa este evangelio hacia el año 80, debido a que se supone que describe la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70, antes de que esta suceda; es decir, dicha descripción es tomada como una profecía que posteriormente se cumpliría. El evangelio de Mateo ha sido llamado el “evangelio judío”, porque muestra particular interés en los asuntos de Israel. Más que ningún otro de los evangelios, pone un gran énfasis en las profecías del Antiguo Testamento cumplidas en Jesucristo, quien es el Mesías esperado por los judíos.

Es probable que Mateo haya sido colocado como el primer libro del Nuevo Testamento porque este evangelio sirve como un enlace perfecto entre el Antiguo y Nuevo Pacto.

En su narración, Mateo retrata a Jesús como el Mesías, el “ungido de Dios” de quien los profetas habían escrito. Por otra parte, Mateo muestra una estructura bastante clara y organizada que se enfoca en los temas centrales de la predicación de Jesucristo.

Un tema distintivo en este evangelio es “el reino de los cielos”, ya que los judíos esperaban al Cristo Reinante; Mateo narra las parábolas de Jesucristo aclarando estos “misterios del reino” donde se explica que el reino de los cielos era inaugurado inmediatamente con el ministerio del Señor, pero estaría en una etapa de siembra y luego el Señor volverá para la etapa de siega y el juicio final.

La lectura de los evangelios, especialmente el de Mateo, inclusive para una persona no creyente, llama la atención no por la dura historia de su pasión y muerte, que también, sino su persistencia, su presencia de ánimo, su firmeza, su fuerza y su sagacidad e inteligencia para llevar a buen término su propósito: La redención de sus semejantes a través de su propia muerte.

Un elevado porcentaje de la historia de Occidente surge de estos libros, guerras, organización social, arte, teología e ideología, pensamiento en síntesis.

Los evangelios, las epístolas y las cartas, fueron escritos por grupos de cristianos militantes y se convirtieron en las herramientas más eficaces para extender su mensaje, mensaje que no pocas veces ha sido tergiversado para servir a mezquinos intereses contrariando el principio fundamental para el cual fue creado: El entendimiento igualitario de la Humanidad agobiada y doliente.

La lectura de estos textos, desde un punto de vista laico, constituirá, para cualquiera que lo intente, una experiencia conmovedora y vital.

La Biblia. El Antiguo Testamento

 
Dios 0.000 – 0.000

La primera pregunta que nos hacemos frente a este texto es: ¿Cómo es posible que una obra que ha signado tanto a la Humanidad, toda vez que las tres grandes religiones Cristianismo, Judaísmo y Mahometanismo tienen el mismo origen, sea un libro tan desconocido por un altísimo porcentaje de sus afectados?

Igualmente debe reconocerse su falta de coherencia, su desconcertante deriva, su difícil comprensión, y su terrible e impresionante significado histórico. Se nos presenta como la historia autorizada de un pueblo, pero además, como la historia universal de una parte significativa de la Humanidad.

El Génesis se nos presenta como la representación del poder y su injerencia en los espíritus, es decir, su manifestación omnímoda frente a la vida hasta convertirse en un amparo, en una protección, en un beneficio que sin dejar de ser una amenaza estableció un convenio, un pacto especial que puede repetirse hasta el infinito, en su misterio y esencia, en la arbitraria bendición de los hijos por parte de sus padres, en el entendimiento que con ello borran la mácula del pecado original…

En el primer capítulo del Génesis el poder se impone todopoderoso. El poder te obliga a obediencia ciega:

“Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”.

El Poder se impone por sobre todas las cosas, Dios es absoluto; pasado el tiempo, el poder, Dios, da paso a la ley, un nuevo acuerdo, un nuevo contrato en las tablas de la ley, con un mismo origen, Dios, y un mismo destino, Dios.

Pero las preguntas que nos hacemos frente al texto parecen no tener respuesta… ¿O, sí? ¿Por qué creo Dios al hombre a su imagen y semejanza? Dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la Tierra, y en todo animal que se arrastra sobre ella. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó…”. Y luego, unas líneas más adelante vuelve a crearlo del polvo de la tierra: “Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado”. ¿Sin más? ¿Es el hombre una imagen de Dios o una simple vasija de barro? ¿Es espíritu o es simplemente materia? ¿Es el hombre una mezcla de ambas cosas? ¿Y, en qué proporción? ¿Por qué Dios castiga el conocimiento del bien y del mal?

El libro es escabroso… ¿De verdad se acostaron las hijas de Lot con su padre, después de que estas perdieran a sus maridos en Sodoma, para perpetuar el linaje? Es difícil, por decir lo menos, reconciliar el texto con nuestra concepción de la vida, con nuestra memoria, tan atiborrada de imágenes que hacen referencia a este libro que de una u otra forma ha modificado la conducta de la civilización occidental.

El Génesis pone de manifiesto que el hombre es solo una bestia inferior, eso es lo que le manifiesta Dios a Job, el poder no se cuestiona, simplemente se obedece. Dios es; todo lo demás no existiría sin él. Debemos comprender pues que nuestra existencia dependerá de nuestras inseguridades, que creamos o no, tendremos que ser fuertes para mirar hacia adelante manteniéndonos en la brecha de la vida.

“Le diré a Dios: no me condenes; hazme saber por qué me atacas…”

“¿Cuántos son mis delitos y mis pecados? Mi rebelión y mi pecado hazme conocer. ¿Por qué ocultas Tu Rostro?”

.

Muchos consideran “El libro de Job” como una de las piezas literarias más antiguas que existen. El patriarca Job, un hombre justo, de repente sufre la pérdida de sus propiedades y, uno por uno, de todos sus hijos. Como si esto no fuera suficiente, él mismo es arrojado en un sufrimiento físico terrible. Una gran parte de este libro está dedicada a la discusión filosófica del sufrimiento entre Job y sus amigos. Los amigos le acusan diciéndole que de acuerdo con las leyes de la naturaleza, el sufrimiento viene como resultado del pecado. Job insiste en afirmar que él es bueno, y que el sufrimiento debe tener otro propósito. Los últimos capítulos nos dicen de qué modo su prosperidad la fue restaurada. Y el libro tiene un punto de vista diferente.

Este es un libro que nace del dolor. Tan insoportable era el sufrimiento de Job que hubiera preferido morir, o no haber nacido nunca. Por si fuera poco, su dolor se ve acrecentado por causa de sus amigos, que buscan una explicación a su sufrimiento. La aflicción de Job pone en tela de juicio el carácter y los caminos de Dios, aunque a la larga significa también el desarrollo de una relación más intima con Dios.

Bien afirma el poeta Rafael Pombo, seguramente después de leer el libro de Job, su propia insatisfacción en su poema Hora de Tinieblas:

“¡Oh, qué misterio espantoso

es este de la existencia!

¡Revélame algo, conciencia!

¡Háblame, Dios poderoso!

Hay no sé qué pavoroso

en el ser de nuestro ser.

¿Por qué vine yo a nacer?

¿Quién a padecer me obliga?

¿Quién dió esa ley enemiga

de ser para padecer?

¿Por qué salí de la nada

a execrar la hora menguada

en que mi vida empezó?

Y una vez que se cumplió

ese prodigio funesto.

¿Por qué el mismo que lo ha impuesto

de él no me viene a librar?

¿Y he de tener que cargar

un bien contra el cual protesto?

.

¡Alma! si vienes del Cielo,

Si allá viviste otra vida,

si eres imagen cumplida

del Soberano Modelo,

¿cómo has perdido en el suelo

la fe de tu original?

¿Cómo en tu lengua inmortal

no explicas al hombre rudo

este fatídico nudo,

entre un Dios y un animal?

O, si es que antes no exististe,

y al abrir del mundo al sol

Tú, divino girasol

gemela del polvo fuiste,

¿qué crimen obrar pudiste?

Di, contra quién, cómo y cuándo,

que estuviese a Dios clamando

que al hondo valle en que estás

surgieses tú, nada más

que para expiarlo llorando?

.

Pues cuanto ha sido y será

de Dios reside en la mente,

tanto infortunio presente

¿No lo completaba ya?

Y, ¿por qué, si en él está

del bien la fuente suprema,

lanzó esa voz o anatema

un mundo en que oye gemir

y un hombre que de él blasfema?

.

¿Cómo de un bien infinito

surge un infinito mal,

de lo justo lo fatal,

de lo sabio lo fortuito?

¿Por qué está de Dios proscrito

el que antes no le ofendió,

y por qué se le formó

para enloquecerlo así

de un alma que dice sí

y un cuerpo que dice no?

.

¿Por qué estoy en donde estoy

con esta vida que tengo

sin saber de dónde vengo,

sin saber adónde voy;

miserable como soy,

perdido en la soledad

con traidora libertad

e inteligencia engañosa,

ciego a merced de horrorosa

desatada tempestad?

.

Hoja arrancada al azar

de un libro desconocido

ni fin ni empiezo he traído

ni yo lo sé adivinar;

hoy tal vez me oyen quejar

remolineando al imperio

del viento; en un cementerio

mañana a podrirme iré,

y entonces me llamaré

lo mismo que hoy: ¡un misterio!

.

De pronto así cual soñando

en alta mar sorda v fuerte

entre la nada y la muerte

me encuentro a oscuras bogando;

sopla el tiempo, y ando, y ando,

Ignoro adónde y por qué

y si interrogo a la fe

y a la razón pido ayuda,

una voz me dice «duda»

y otra voz me dice «cree».

.

Con menos alma, quizás

sólo la segunda oyera,

o con más alma, pudiera

no equivocarme jamás:

entonces creyera más,

o al menos, dudara menos;

pero, a malos como a buenos

pudo el Señor conceder

luz bastante para ver

que estamos de sombras llenos.

.

La debilidad por guía,

la tentación por camino,

¿es de virtud el destino

que su bondad nos confía?

¿Es fuerza que en lucha impía

nos pruebe el Genio del mal

para ir a un condicional

anhelado Paraíso?

¿Para ser bueno es preciso

poder ser un criminal?

.

Mas… ¡soy libre! y ¿para qué?

Para enrostrarme a mí mismo

el caer a un hondo abismo

que otro ha cavado a mi pie,

y renegar de la fe,

luz de mi infancia serena,

y fiar a un grano de arena

la eternidad de mi ser,

debiendo yo responder

de la creación ajena. (…)