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 Hablar del proceso de creación literaria es enfrentarnos a un mundo
que no es el nuestro pero que, buceando en él, sumergidos en sus aguas,
procelosas unas veces, mansas otras, vamos descubriendo poco a poco
los matices literarios y sus variopintos personajes hasta que,
navegando por las páginas de los libros, nos vamos identificando con
el mundo que describen y algunos de sus protagonistas, haciéndolos
parte de nuestra propia vida, mientras vivimos la ficción. Marcel
Proust afirmó que

“La verdadera vida, la vida por fin esclarecida y
descubierta, la única vida por lo tanto plenamente vivida, es la
literatura”.

No exageraba, simplemente quería significar que, gracias
a la literatura, la vida se comprende y se vive mucho mejor, y
entender la vida, comprenderla, vivirla sin alteraciones del ritmo,
nos hace compartirla con nuestros semejantes altruistamente, sin
mezquindades. A Jorge Luis Borges le molestaba que le preguntaran:
¿para qué sirve la literatura? Le parecía una pregunta exulta y
respondía:

“A nadie se le ocurrirá preguntarse cuál es la utilidad del
canto de un canario o de los arreboles de un crepúsculo”.

Y, en efecto, si esas cosas bellas están ahí y hacen más bella y llevadera la vida,
aun que sea por un instante, ¿no es absurdo y mezquino buscarles
justificaciones prácticas? Una sociedad sin literatura o enajenada por
la censura, o en la que la literatura ha sido relegada a los márgenes
de la vida social y convertida poco menos que a un culto sectario,
está condenada a volver a las cavernas, a perder la libertad y a
llevar grilletes y cadenas para satisfacción de unos pocos y escarnio
de todos. Este hecho luctuoso produce paranoias y delirios,
desfiguraciones de la realidad que a menudo generan odio, guerras y
genocidios. Nada defiende mejor al hombre contra la necedad de los
perjuicios, contra la insolencia del racismo, contra la cerrazón
mental de la xenofobia, contra la ceguera del sectarismo religioso o
político, o de los nacionalismos excluyentes que la literatura, con
mayúsculas.


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Hago ahora una digresión, a modo de sucinto
prolegómeno, que nos permita introducirnos en el tema de este escrito:
La narrativa en García Márquez. Apuntaba el autor que,

“América Latina
es una realidad descomunal, y no solo por su expresión literaria, la
que ha merecido varias veces la atención de la Academia Sueca de las
Letras. Una realidad que no es de papel, sino que vive con nosotros y
determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y
que sustenta un manantial de creatividad insaciable, pleno de desdicha
y belleza, del cual éste Colombiano errante y nostálgico no es más que
una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y
profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella
realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la
imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la
insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble
nuestra propia vida”.

García Márquez quiere adelantarse a que su
universo narrativo sea considerado fantástico, sin anclaje en la
realidad cultural y geográfica en la que nació y creció. Por ello es
sorprendente la poca importancia que suele dársele al análisis
comparado de la obra con el medio en que se nutre. Debemos señalar
puntillosamente que somos trasuntos del suelo en que nacimos con
peculiaridades químicas que engendran flores y frutos tan propias de
su índole, porque gea, flora, fauna y psique constituyen naturaleza,
inconsútil textura, urdiembre infranqueable, armónica vida
sui-generis, ello que los vinos de una región no se den idénticos a
otras ni las almas por ende.

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Como lector, o como escritor ocasional, siempre me ha asaltado la
pregunta de si es real lo que nos cuentan o si es ficción lo que
contamos. Y no sé por qué tengo la certidumbre de que cualquiera que
sea la respuesta, siempre será equívoca: La diana en este asunto nos es
esquiva, son muchos y variados los factores que debemos tener
presentes para acercarnos a su realidad y, aún conociéndolos, queda en
el ambiente la visión del otro, sea ésta la del escritor, el narrador,
o el propio personaje que tomando vida propia huye a través del espejo
y no se deja encasillar, entonces, lo prudente es sumergirse en el
mundo que nos cuentan y vivenciarlo como si fuera propio. Seguramente
el primer cuento, dice nuestro autor, lo invento un hombre primitivo
cuando salió una mañana a cazar y no regreso hasta el tercer día,
cuando ya todos lo daban por muerto, presentando como excusa de su
tardanza el haber tenido que enfrentarse a un monstruo enloquecido
hasta vencerlo y del cual nada traía porque había escapado; también
debe de ser cierto que la verdad de su relato tenía otras connotaciones
menos heroicas que darían pie a una más larga historia: Una novela.
García Márquez afirma que,

” un relato es una transposición cifrada de la realidad, una adivinanza del mundo”,

por lo que echar luz sobre las claves narrativas de su obra exige adentrarse en ese caldero espeso de
la realidad social en el que se ha nutrido el autor. Como ejemplo
podemos citar un hecho ampliamente comentado por la crítica, en el que
según el autor, dice haberse basado para construir la historia de la
Cándida E y su Abuela Desalmada. García Márquez lo recuerda de
esta manera:

” Hace muchos años, en una noche de parranda en un remoto
pueblo del Caribe conocí a una niña de once años que era prostituida
por una matrona que hubiera podido ser su abuela”.

Dasso Saldivar, en el viaje a la semilla, la biografía, cuenta la misma historia de este
modo:

” Pero la historia que más lo conmovería fue la de la anodina y
escuálida niña que era explotada de forma inclemente por una matrona
que él imaginaria como su abuela desalmada, andaba en un burdel
ambulante que iba de pueblo en pueblo, siguiendo el itinerario de las
fiestas patronales y llevando consigo su propia carpa, su propia banda
de músicos y sus propios puestos de alcoholes y comidas (…) su
estancia en el pueblo fue solo de tres días, pero la memoria que dejo
duro mucho tiempo…”.

Debemos entender, entonces, que no es el carácter realista, o fantástico o imaginativo de una historia

el que traza la línea divisoria, fronteriza, entre verdad y mentira en la
ficción. Por alucinante que sea una historia, hunde sus raíces en la
experiencia humana, de la que se alimenta. Los hombres, en lo más
profundo de su ego, de alguna manera, dejamos de ser lo que somos y nos
convertimos en uno más de los seres a los que el cuentista nos
traslada. Sufrimos una metamorfosis, un sueño lúcido: uno siempre ha
querido ser distinto de lo que es, es una aspiración humana legítima,
queremos ser mejores de lo que parecemos o de lo que realmente somos.
De dicha aspiración ha nacido lo mejor y lo peor de su historia. De
ella, de esa historia transpuesta a otra realidad, ha nacido la
ficción. Cuando nos sumergimos en una lectura de ficción, la fantasía
que nos complementa y nos sumerge en una nueva realidad que nos
permite no tener solo una vida sino la posibilidad de padecer todas
aquellas que las lecturas nos permitan vivir. El espacio, antes
vació, se completa, la brecha entre nuestro mundo real que nos oprime
y los deseos y fantasía que le exigen ser más rico y diverso es el que
ocupa la ficción.


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Dice García Márquez que

“escribir una novela es pegar ladrillos. Escribir un cuento vaciar en hormigón”.

El cuento es una narración redonda y cerrada. Con mucha frecuencia la novela y el cuento se
confunden, dado que se suele atribuir sus diferencias a la extensión
del texto. Nada mas apartado de la realidad, las novelas tienen
principio y fin, ofreciéndonos una perspectiva que la vida verdadera
siempre nos niega. Dice Mario Vargas Llosa,

“la novela no recrea la vida, la rectifica, la ordena, la reduce a escala para permitirle
al lector la posibilidad de entenderla, de juzgarla y de vivirla con
una impunidad que la vida real no le consiente”.

Ahora bien, el cuento es una de las formas narrativas primordiales. Suele haber un antes y
un después de la palabra escrita en una cultura. Antes de la escritura,
la tradición se trasmitía de viva voz en un lugar, sagrada muchas
veces, donde el más anciano de la tribu narraba las historias y
conocimientos propios del grupo al que pertenecía a todos sus
componentes incluyendo a los niños. Estas reuniones tenían un carácter
ritual y cumplían la función de perpetuar sus costumbres, enseñar sus
valores, y fortalecer los vínculos del colectivo. Con la aparición de
la escritura los mayores dejan de ser los depositarios de la
experiencia y de la memoria y, pierden a la vez, su condición de
transmisores. Surge, entonces, una nueva figura, el compilador. Al
igual que el anciano es quien tiene que recoger una tradición con el
fin de registrarla y transmitirla a las generaciones venideras. Son
ellos, de alguna manera, los inventores de la literatura.


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Los cuentos son casi siempre el primer contacto que tenemos con la
lectura, incluso sin saber leer. Los padres, los abuelos, los hermanos
mayores sentados al borde de nuestras camas arrullaban nuestro sueño
contándonos historias para dormir; en otras ocasiones nos leían los
cuentos para distraer nuestras travesuras. También, si observamos
atentamente el comportamiento de los niños, podremos escucharlos
narrándoles sucesos a sus juguetes o a sus compañeros de juegos.

 
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El cuento como relato corto, el cuento contemporáneo, está
desvinculado de sus funciones rituales, con la sola excepción de los
cuentos populares, que son el último vestigio de su aspecto primitivo.
El cuento, desprovisto de sus cargas funcionales, libre de la obligada
veracidad de la novela decimonónica, se consolida como un espacio de
libertad creativa sin el cual el ejercicio magistral de la escritura
se vería desmeritado. Al contrario de lo que sucede en la novela como
historia lineal, el cuento cuenta varias historias, como mínimo dos,
cada una de las historias se cuenta de forma diferente, es decir,
trabaja con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos
acontecimientos entran a un tiempo en dos lógicas narrativas
antagónicas y los puntos de cruce son el fundamento de su
construcción: En uno de sus cuadernos de notas Antón Chejov registra
esta anécdota:

Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un
millón, vuelve a su casa, se suicida”.

Vargas Llosa lo define de la siguiente manera:

“La forma clásica del cuento está condensada en el
núcleo de este relato”.

Contra lo previsible (jugar-perder-suicidarse)
la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a
desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa
escisión es la clave para definir el carácter doble de la forma del
cuento. El cuento clásico narra en primer plano la primera historia
(el relato del juego) y construye en secreto la segunda historia (el
relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la
segunda historia en los intersticios de la primera. El relato visible
esconde un relato secreto narrado de un modo elíptico y fragmentario.
El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia
secreta aparece en la superficie. La versión moderna del cuento que
viene de Chejov, de Katherine Mansfield, de Joyce de Dublineses,
abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la
tensión entre dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta
se cuenta de un modo cada vez más elusivo. Lo más importante nunca se
cuenta, la historia secreta se construye con lo no dicho, con el
sobreentendido y la alusión. La intensidad y la unidad interna son
esenciales en un cuento y no tanto en la novela que tiene otros
recursos para convencer. Cuando se acaba de leer un cuento el lector
puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después del mismo
y todo eso seguirá siendo parte de la materia y de la magia de lo que
leyó”.


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Hablemos ahora de la realidad Latino Americana para, con lo ya dicho,
terminar de ensamblar la narrativa de García Márquez. El problema más
riguroso que plantea nuestra realidad desmesurada a la literatura es
el del idioma, el de las palabras. Nos es muy difícil hacernos
entender a los Españoles, a pesar de que hablamos el mismo idioma, y
en mayor medida de los Europeos, porque cuando nos referimos a una
realidad, si no la describimos con multitud de detalles, no puede ser
captada con toda su intensidad: En el Continente del Coll den Rabasa,
hoy Carrefour (en la isla mediterránea de Mallorca), tuve la oportunidad de confirmar éste aserto, un
matrimonio colombiano, de compras por la gran superficie del almacén,
se le extravía una de sus hijas, se dirigen a información y alertan
del suceso a la encargada con las siguientes palabras:

“Mi hija de cinco años se ha extraviado”.

¿Cómo es su hija? -le pregunta la empleada-. -Mi hija es monita, -responde la señora-, de pelo
crespo, va vestida con un saco rosado, blue jean azul y tenis rosa. No
le entiendo señora, -le dice la empleada-, explíquese mejor. Mi
esposa, que ha oído la conversación, se acerca y hace la traducción:
Señorita, -le dice a la empleada-, es una niña de cinco años,
rubia, de pelo rizado, va vestida con una rebeca rosa, unos vaqueros
azules y zapatillas rosas. También sirve hablar de un río, García
Márquez nos da el siguiente ejemplo:

“El lector europeo tenderá a imaginarse algo tan grande como el Danubio. Jamás podrá comprender ni
imaginar que si se para frente a la desembocadura del Amazonas no verá
la otra orilla distante a mas de 330 kilómetros, medidos entre Cabo do
Norte y punto Patijoca, y una extensión de 6.785 kilómetros. Si
hablamos de una tempestad, evocarán rayos y truenos, pero no es fácil
que conciban el mismo fenómeno que nosotros percibimos: un cielo
iluminado por un incendio que crepita y crece y que nunca acaba”.

Permítaseme citar como testigo ocasional de estos fenómenos al francés
Javier Marimier, quien al describir una tormenta en los Andes
escribió:

” Hay tempestades que pueden durar hasta cinco meses. Quienes
no hayan visto esas tormentas no podrán formarse una idea de la
violencia con que se desarrollan. Durante horas enteras los relámpagos
se suceden a manera de cascadas de sangre, rápidamente la atmósfera
tiembla bajo la sacudida continua de los truenos, cuyos estampidos
repercuten en la inmensidad de la montaña”.

Quien de viaje por la serranía de la Macarena y se acerque desde lo alto al río Caño Cristales
quedará sorprendido al divisar una alfombra multicolor que serpentea
entre la selva. No en balde, el río de los siete colores, está
considerado como el río más bello del mundo. El explorador Holandés Up
de Graff que recorrió el alto Amazonas a principios del siglo pasado
cuenta que encontró un arroyo de agua hirviendo en el cual se hacían
huevos duros en cinco minutos y que había atravesado una región donde
no se podía hablar en voz alta porque se desataban aguaceros
torrenciales. Personalmente he visto aterrizar aviones bajo el tupido
manto de la selva sostenido por árboles milenarios de más de setenta
metros de altura. He visto en las llanuras de Arauca, en los llanos
orientales de Colombia, a un hombre rezando una oración secreta frente
a un hato de ganado vacuno infectado por nuches, gusanos que crecen
bajo la piel de los animales, que salían de sus nidos y caían muertos
al suelo.


En Buenaventura, puerto del mar Pacifico Colombiano, al entrar al mar,
un hermano mío pisó una raya. Su cola puntiaguda entró por la planta
del pie y salió por el empeine abriéndose luego en varias afiladas
puntas de anzuelo. Con el animal adherido a su pie, y con el dolor
reflejado en su rostro, lo llevamos al hospital más cercano, el médico
de turno lo recibió y nada más verlo nos dijo:

“Llévenlo a casa del negro, él le sacara la espina y luego traiganlo al hospital para las
curas de rigor. Si tratamos de sacarle aquí la espina haremos una
carnicería en su pie”.

Nos dirigimos a la dirección que nos dió. El negro nos recibió, miró el pie de mi hermano,

al animal que llevaba adherido a su pie, preparó un emplasto de hierbas que mezcló con
corteza de coco, hizo un fuego, colocó el emplasto de hierbas sobre el
empeine y empezó a rezar una oración. La espina del animal cerró las
púas lentamente y salió del pie sin causarle más daño del ya sufrido y
sin que sintiera ningún dolor.


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Esta realidad increíble alcanza su máxima densidad en el Caribe que se
extiende desde el sur de los Estados Unidos hasta el Brasil, dando por
entendido que el Caribe no es solamente una realidad geográfica sino y
fundamentalmente una área cultural homogénea. En el Caribe y en las
tierras tropicales de América Latina los elementos originales de las
creencias ancestrales y concepciones mágicas anteriores al
descubrimiento se suman a la profusa diversidad de culturas que
confluyeron en los años posteriores en un sincretismo mágico cuyo
interés artístico y óptima fecundidad son inagotables. En esa
encrucijada de nuestro planeta se forjó un sentido de la libertad sin
límites, una realidad sin Dios ni Ley, donde cada individuo se sintió
con la capacidad de hacer lo que quería sin límites de ninguna índole:
Los facinerosos se convertían en señores y gobernantes, las
prostitutas en señoras de rancio abolengo, los presidiarios en
almirantes y generales, los sacerdotes en asesinos y malandrines. Y
también todo lo contrario. Soy oriundo de esa realidad, la conozco
ampliamente y cuanto más me esfuerzo en profundizar en ella para
enaltecerla poéticamente más comprendo que nunca se me ocurrirá nada
más asombroso que lo que me presenta la realidad mágica del mundo en
que vivo, lo más cerca que puedo estar de esa realidad solo es posible
en las transposiciones poéticas que de alguna manera nos acercan a su
maravilloso contexto. Cuenta García Márquez hablando de Cien Años de
Soledad que

“el estigma de la cola de cerdo que tanto preocupa a los
Buendía surgió porque pensó que el nacimiento de un hijo con cola de
cerdo era lo que menos probabilidades tenía de asemejarse a la
realidad. Sin embargo, dice, tan pronto como la novela comenzó a ser
conocida, surgieron en distintos lugares del planeta hombres y mujeres
que tenían algo semejante a una cola de cerdo”.

En síntesis, los escritores del Caribe y sus críticos tendrán que reconocer que la
naturaleza en que nos ha tocado vivir es más fabulosa y mágica que
nuestra convulsa imaginación y que por lo mismo debemos imitarla con
humildad y resignación.

 
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Permítaseme, por último, un pequeño inciso no tan alejado de ésta
misma realidad y que hoy vivimos con pasmoso desinterés: La humanidad
que hizo del arte, de la tragedia y de la comedia griega una fuente de
civilización y de cultura, se ha convertido ahora en espectáculo de sí
misma: El gran hermano. Su auto destrucción ha alcanzado un grado que
le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer
orden. Éste es el esteticismo de la política que los grupos de poder
económico y los fundamentalismos de cualquier índole, ya sean políticos
o religiosos, propugnan o tratan de imponer por la fuerza y que por
pura poltronería la sociedad acepta olvidando que el futuro le
pertenece a las nuevas generaciones y, que por lo mismo, debemos
volver a la semilla para redimirnos: A las buenas lecturas, a la
literatura con mayúsculas…