Los libros del verano

Carlos Herrera Rozo

Se ha terminado el invierno y evidentemente tenemos que aceptar que
avecina el verano. Tengo la sensación de que las horas de ocio, esas
que hemos dedicado a la lectura de un nuevo libro, o a la relectura
de alguno que nos cautiva, se han ido, y que la disponibilidad de un
tiempo adicional para dedicarlo a la literatura ahora se reducen
sensiblemente al escaso tiempo nocturno para leer mientras el sueño
nos rinde definitivamente para descansar de las labores cotidianas.

 

El verano, o el tiempo de descanso que suponen las vacaciones después
de un largo período de trabajo, trae consigo la expansión del espíritu,
una cierta relajación que incita a la quietud y a la vez a la
reflexión, cuando no, a la inquietud por conocer física y
espiritualmente gente con la que departir intereses comunes; lugares
que llenen nuestra vista de luz y color, nuevos sabores gastronómicos
y espirituosos licores y vinos que hacen amables las tardes de
palique, y, para cerrar el ciclo diario, lecturas que satisfagan la
necesidad intelectual.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

 La lectura es un viaje.

Se viaja mientras viajamos y comprendemos de pronto su ensueño:

La imaginación se adelanta a los acontecimientos y procuramos adivinar un final que

nos acerque al creador de la ficción sin acabar de comprender que el papel del protagonista

de la ficción nos está reservado como lectores. Por todo ello, cuando nos sentamos a leer

un libro, nos iniciamos en un largo viaje que nunca termina, no porque en la obra en cuestión

no haya un punto final, sino porque nosotros como lectores la dejamos en puntos

suspensivos: Lo que no hemos comprendido sigue vagando por nuestro cerebro

en busca de una aclaración racional, o, lo que es más seguro, en busca de una relectura

que nos aclare el juicio y nos permita ver la luz detrás de las palabras.

La inconformidad con lo que se lee es la base de la lectura. Si nos acostumbramos

a ser conformes con las palabras, terminaremos, sin lugar a dudas, a ser conformes

con los hechos y los hechos necesitan de mentes críticas para ser estudiados y

comprendidos. Son el análisis y la investigación los que nos permiten ver la luz

y ése es el éxito de la lectura. La Libertad depende, y mucho, de nuestro inconformismo

pero también de nuestra
capacidad para leer e interpretar los hechos, es decir, que lectura e
inconformismo son actitudes humanas que forman parte de nuestra
libertad tanto de conciencia como de actos con las limitantes sociales
que estos últimos sugieren impuestos por los condicionantes que
libremente nos hemos dado en las sociedades democráticas.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

..

Vivimos hoy en sociedades altamente condicionadas por aceptaciones y
sumisiones no siempre impuestas por la ley y la costumbre: Aceptamos
el lenguaje y con él toda esa cadena de ruidos, imágenes, sonidos y
material escrito que producen masivamente los medios de comunicación y
las nuevas tecnologías. No podemos poner en duda que esta sobreabundancia
de información nos ofrece un amplio abanico de
posibilidades de enriquecimiento intelectual, individual y colectivo,
que amplía las libertades ciudadanas. Aún así no deben perderse las
perspectivas que nos indican que dentro de las sociedades entre las
que nos ha tocado vivir conviven poderosos grupos políticos,
financieros e ideológicos de índole diversa con intereses singulares
que pretenden orientar las conciencias sugiriendo miedos y peligros
inexistentes con el ánimo de que resbale la inteligencia individual
por caminos que la emboten y enajenen. Utilizan las palabras, las
imágenes y los sonidos para conformar nuestros sentimientos y
necesidades a sus mezquinas semejanzas: agobian nuestra razón, nuestro
espíritu crítico y lo someten al miedo, a la inestabilidad y a la
zozobra hasta conseguir que aceptemos conformarnos con lo que nos
ofrecen.

.

.

.

.

.

..

..

Supongo que ser conformista es no solamente aceptar lo que se nos
ofrece sin posibilidad de aspirar a más y aceptarlo sin protestar. Me
temo que esa sumisión es más que eso. Creo que esa aceptación es la
liquidación de la conciencia individual para aceptar, sin más, la que
nos quieren imponer. Es la pérdida del ser en sí mismo para
convertirnos, mansamente, en esclavos de otros sumergiéndonos en la
conciencia ajena.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

..

.

Quiero llamar la atención del lector desprevenido para que no se
asuste, para que cuando apague la luz, para descansar de la jornada
diaria, piense antes de caer en brazos de Morfeo si ha cumplido para
consigo mismo y para con la sociedad a la que se debe, o si por el
contrario, está en deuda con ellos y consigo. De la respuesta que se dé
dependerá su propio futuro, pero también el de sus hijos y nietos y
el de la colectividad a la que pertenece. De ahí la importancia de la
conciencia individual, del yo interno, ese lenguaje interior con el
que acompañamos cada uno de los instantes de nuestra vida y que nos
ofrece, si somos lo suficientemente sinceros con nosotros mismos, luz
para aclararnos y reconocer el lado oscuro de lo que se nos presenta
con destellos que ciegan hasta el entendimiento hasta conseguir la
alienación total de nuestra voluntad, el resquebrajamiento intelectual
y cultural y la aceptación de obsesiones, ideas y hechos
insustanciales que vacían el espíritu y cosifican al hombre. Nos
convertimos, por voluntad de caprichos ajenos e inconfesables, en
máquinas; utilizando el lenguaje contemporáneo, en seres virtuales
sin ideales ni libertad sujetos al software que nos han incorporado.
Lo que quiero significar es que los individuos que componen un
determinado conglomerado social no pueden ser personas, tal como lo
dispone el derecho positivo y la propia naturaleza del hombre, si no
son seres autónomos, si no tienen la posibilidad de desarrollar
libremente su pensamiento y aspiraciones por muy modestos que ellos
sean o por la mucha o poca incidencia que tengan dentro de su
colectividad, al fin y a la postre es esa libertad la que hará
posible una sociedad equilibrada y pujante. El pensamiento solo debe
nutrirse de libertad.


.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Los libros, querámoslo o no, son el más significativo principio de
libertad y concordia. Los libros son luz que ilumina el intelecto,
que abren espacios de libertad, alegría para el espíritu, alejamiento
racional de los lugares comunes, de lo ya sabido, de las aberraciones
mentales inyectadas desde los mentideros ideológicos y
publicitarios a los que nos acoplamos sin reticencias por cobardía,
poltronería y desidia del espíritu. Los libros nos ofrecen otras
perspectivas. De su lectura se desprende una voz renovadora, nueva y
luminosa que nos habla de un futuro menos incierto dentro de la
libertad de palabra, pensamiento y obra.

Dentro de la literatura encontramos un mundo que, sin ella, jamás
habríamos descubierto: La posibilidad de vivir otras vidas y otros
mundos, y de intuir que otra vida es posible. La literatura como
tradición oral y luego escrita no es solamente el origen de las
libertades individuales e intelectuales, sino que ella es en sí un
territorio libre donde la imaginación humana fluye en todas direcciones como la rosa
de los vientos. Albert Camus decía que todo muro es una puerta y es que los
libros son puertas siempre abiertas muy a pesar de la censura y de los
torcidos intereses de los pobres de espíritu. Ha sido gracias al
lenguaje que el hombre abrió una brecha importante con el resto de los
animales. El lenguaje le dio la posibilidad de comunicarse, de contar
sus sentimientos y necesidades, y la escritura, la posibilidad real de
guardar y acumular su historia, de convertir su quehacer cotidiano en
acumulación cultural que pudiera ser transmitida a las nuevas
generaciones.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

El entretenimiento lúdico, sin embargo, no es del todo inocente…
Imaginar otra vida, vivir otra realidad, presentirla y compartirla con
otros supone emprender nuevas experiencias no exentas de egoísmos. La
imaginación dispara los deseos y amplia las expectativas entre lo que
somos y lo que tenemos y lo que aspiramos y queremos ser. En este
abismo existencial entre la vida que vivimos y la que queremos vivir,
la vida que fantaseamos como rasgo fundamental de lo humano, la
rebeldía, la inconformidad, la insatisfacción permanente, la voluntad
de luchar para transformarla y hacerla más placentera, más cercana a
lo que queremos que ella sea, a lo que hace posible el progreso del
hombre: Desde que el hombre descubrió las tablas de Tel Brook pasando
por “Canta, Musa, la cólera de Aquiles”, o,” En un lugar de la Mancha
de cuyo nombre no quiero acordarme”, hasta la última novela publicada
en nuestros días encontramos en todos esos textos un denominador
común: El hombre redimido del peso de sus miedos traslada sus
sentimientos y experiencias al lenguaje escrito y consigue, quizás sin
proponérselo, emocionarnos con ellos y pensar que los signos, por si
solos, las palabras, son el origen del entusiasmo que nos embarga. A
la falta de experiencias, de realizaciones pragmáticas, la lectura
llena estos vacíos del espíritu. Inventar la historia, modificar la
historia, contar hechos imaginarios o modificar la realidad con tanta
elocuencia, con tantos detalles truculentos, como para que quien la
escuche o quien la lea no la olvide, la haga parte consustancial de su
propia realidad y la transmita. Esa nueva realidad cargada de verdades
a medias o de mentiras se convierte en una advertencia de vida, en una
enseñanza, en un medio sin el cual difícilmente se alcanzara la
libertad, pero también un medio lúdico, de entretenimiento, de
expansión personal, de medio de escape en la lucha diaria por la
supervivencia propia, de la prole y de la colectividad a la que nos
debemos.