Heinrich von Kleist 1777-1811

Nacido en Fráncfort del Oder en 1777, Kleist era hijo de un oficial. En 1804, Kleist debutó como dramaturgo con el estreno en Graz (Austria) de “La familia Schroffenstein”, drama con el que se inicia una producción dramática y narrativa abundante.

La obra y la vida de Heinrich von Kleist sigue siendo para muchos un enigma 200 años después de su muerte. Von Kleist es, sin lugar a dudas, una de las figuras más contradictorias y complejas de la literatura alemana. Su figura ha sido reclamada por diversas corrientes estéticas y ha intentado, a lo largo de los años, ser instrumentalizada por las más variadas ideologías políticas.

Su narración “Michael Kohlhaas”, una de sus obras más famosas, cuenta la historia de un hombre al que “el sentimiento de la justicia hizo asesino y bandolero”. Esta obra, para muchos, es la más representativa del autor. Ha hecho que algunos relacionen a Kleist con la banda terrorista “Fracción del Ejército Rojo” (RAF) y, por extensión, con el terrorismo de izquierdas en general.

En todo caso, la obra de Kleist y las percepciones que se puedan tener son contradictorias y no se agotan en el terreno político sino que parece haber algo más esencial. Thomas Mann, por ejemplo, parecía sentir una mezcla de atracción y repugnancia por la obra de Kleist. Quizás se deba a la radicalidad de sus narraciones y sus dramas, en donde suele haber descripciones y representaciones de excesiva violencia que resultan difíciles de digerir.

Kleist se suicidó el 21 de noviembre de 1811, junto con su amiga Henriette Vogel, enferma de cancer, junto a un lago entre Berlín y Potsdam. El escritor tenía 34 años, sus obras de teatro no tenían el éxito esperado y sus esfuerzos por conseguir un empleo como director dramático habían fracasado.

En vida le fue negado el reconocimiento. Sin embargo, después de su muerte han habido olas de admiración por Kleist que han ido cambiando la percepción de su obra. A comienzos del siglo XX, los expresionistas lo reclamaban como su “hermano mayor”.

Mientras que en 1911, en el primer centenario de la muerte, había quien definía a Kleist como culminación del clasicismo, cincuenta años después otros lo definían como precursor de la vanguardia y ahora su teatro es relacionado con el de Samuel Becket.

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“Los mejores engaños son aquellos que parecen proporcionar a la otra persona una oportunidad: las víctimas sienten que controlan la situación; pero, de hecho, son marionetas. Tenemos que ofrecer a los demás opciones que actúen a nuestro favor sin importar lo que elijan. Hay que forzarlos a tomar decisiones entre el menor de dos males, sirviendo cualquiera de ellas para nuestros propósitos. Hay que ponerles entre la espada y la pared: se la van a clavar vayan donde vayan.” Anónimo

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Heinrich von Kleist escribió una novela del siglo XIX que describe con aplicada narrativa la vida, la tradición y las costumbres del país de los Lânders en el siglo XVI. Como en toda obra literaria, nos encontramos ante una ficción, pero debemos pisar con pie firme, pues nos movemos en terreno movedizo, un camino sembrado de trampas en el que habrá que leer entre líneas para no perdernos en subterfugios sin importancia: las novelas no se escriben para contar historias sino para transformar la vida.

En la obra se cuenta la historia de un hombre al que un terrateniente, Junker von Tronka, le decomisa, de manera arbitraria, una recua de caballos que era su más preciado tesoro. Michael Kohlhass, procura por todos los medios cumplir con las exigencias y obligaciones que se le imponen para recuperar, cumpliendo la ley, sus equinos. Pero no lo consigue. Las bestias han desaparecido. El sentido de la justicia se quiebra. El episodio desata en Kohlhaas, hasta ese día un ciudadano ejemplar, un sentido de retaliación justiciero que lo transforma en forajido. Buscando la reparación por el daño sufrido, destruye pueblos, asesina civiles y siembra el terror por las riberas del rio Havel. Cuentan que llamaron hasta a Martin Lutero para que interviniera e intercediera para apaciguar a Kohlhaas. El Reformador Lutero le envió una misiva en la que le consignaba lo siguiente: “Kohlhaas, tú que pretendes haber sido enviado para empuñar la espada de la justicia, ¿de qué te precias, osado, al valerte de la locura de la ciega pasión si desde la coronilla hasta el calcañar representas el colmo de la injusticia?” Pero solo consiguió un armisticio, la guerra continuó por muchos años.

Es el sentimiento de injusticia, el poder del agravio cometido por quienes tienen la obligación de cumplir y hacer cumplir la ley lo que resulta intolerable y violento, tanto más si el violentado, atacado por el Estado, resulta ser un ciudadano común y corriente cumplidor de su deber. La desmesurada actitud del Estado, como de la respuesta provocada, impide cerrar las heridas con un hombre que, de una u otra forma, refleja una realidad cotidiana de injusticias ancladas al pasado y, otras, al presente en que vivimos, flor apenas entreabierta. Kohlhaas muere como un criminal sin indulgencias, o sí, el Príncipe de Sajonia le reconoció los bienes perdidos, sus derechos y su honra. Pero lo condenó a muerte por haber “quebrantado la paz territorial”. Reparado el agravio, no solo se hizo justicia con él sino con aquellos quienes le habían infringido el daño. Y para que no se repitiera la historia, el Principe se comprometió a educar como caballeros y hombres de bien a los hijos del condenado. Así termina la historia. De ella dijo su autor, Heinrich von Kleist: “El mundo habría tenido que honrar su memoria, a no ser porque el hombre dio en exagerar el cultivo de una virtud: fue el sentido de la justicia, la razón que lo convirtió en forajido y asesino…

Esta novela nos invita a la reflexión frente al sentido de la justicia y el alcance de la injusticia, cuando se ejercen la una como virtud y la otra como defecto de la autoridad en la aplicación del imperio de la ley. Desde aquí, invito a los lectores, a leer esta obra aleccionadora en estos tiempos de guerras injustas, de crímenes nefandos sin sanción, de injusticia y de incumplimientos en el ejercicio y aplicación de la justicia o en el engaño reiterado de políticos marrulleros en el ejercicio de la democracia. Por último, para cerrar esta reseña, no debemos olvidar que el pilar fundamental de la democracia es la justicia en todos sus órdenes.