Sófocles 496 – 406 aC

Poeta trágico de la antigua Grecia. Autor de obras como “Antígona” o “Edipo rey”, se sitúa, junto con Esquilo y Eurípides, entre las figuras más destacadas de la tragedia griega. De toda su producción literaria solo se conservan siete tragedias completas, que son de importancia capital para el género. Hijo de un rico armero llamado Sófilo, a los dieciséis años fue elegido director del coro de muchachos para celebrar la victoria de Salamina. En el 468 aC se dio a conocer como autor trágico al vencer a Esquilo en el concurso teatral que se celebraba anualmente en Atenas durante las fiestas Dionisias.

CREONTE (a Antígona) – Y tú, tú que inclinas al suelo tu rostro, ¿confirmas o desmientes haber hecho esto?

ANTÍGONA – Lo confirmo, sí; yo lo hice, y no lo niego.

CREONTE (Al guardián.) – Tú puedes irte a donde quieras, ya del peso de mi inculpación. (Sale el guardián). Pero tú (a Antígona) dime brevemente, sin extenderte; ¿sabías que estaba decretado no hacer esto?

ANTÍGONA – Sí, lo sabía: ¿cómo no iba a saberlo? Todo el mundo lo sabe.

CREONTE – Y así y todo, ¿te atreviste a pasar por encima de la ley?

ANTÍGONA – No era Zeus quien me la había decretado, ni Dike, compañera de los dioses subterráneos perfiló nunca entre los hombres leyes de este tipo. Y no creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuando fue que aparecieron. No iba yo a atraerme el castigo de los dioses por temor a lo que pudiera pensar alguien: ya veía, ya, mi muerte –y cómo no?—, aunque tú no hubieses decretado nada; y, si muero antes de tiempo, yo digo que es ganancia: quien, como yo, entre tantos males vive, ¿no sale acaso ganando con su muerte? Y así no es, no desgracia, para mí, tener este destino; y en cambio, si el cadáver de un hijo de mi madre estuviera insepulto y yo lo aguantara, entonces, eso sí me sería doloroso; lo otro, en cambio, no me es doloroso: puede que a ti te parezca que obré como una loca, pero, poco más o menos, es a un loco a quien doy cuenta de mi locura.

CORIFEO – Muestra la joven fiera audacia, hija de un padre fiero: no sabe ceder al infortunio.

CREONTE (Al coro). – Sí, pero sepas que los mas inflexibles pensamientos son los mas prestos a caer: Y el hierro que, una vez cocido, el fuego hace fortísimo y muy duro, a menudo verás cómo se resquebraja, lleno de hendiduras; sé de fogosos caballos que una pequeña brida ha domado; no cuadra la arrogancia al que es esclavo del vecino; y ella se daba perfecta cuenta de la suya, al transgredir las leyes establecidas; y, después de hacerlo, otra nueva arrogancia: ufanarse y mostrar alegría por haberlo hecho. En verdad que el hombre no soy yo, que el hombre es ella si ante esto no siente el peso de la autoridad; pero, por muy de sangre de mi hermana que sea, aunque sea más de mi sangre que todo el Zeus que preside mi hogar, ni ella ni su hermana podrán escapar de muerte infamante, porque a su hermana también la acuso de haber tenido parte en la decisión de sepultarle. (A los esclavos). Llamadla. (Al coro). Sí, la he visto dentro hace poco, fuera de sí, incapaz de dominar su razón; porque, generalmente, el corazón de los que traman en la sombra acciones no rectas, antes de que realicen su acción, ya resulta convicto de su arteria. Pero, sobre todo, mi odio es para la que, cogida en pleno delito, quiere después darle timbres de belleza.

ANTÍGONA – Ya me tienes: ¿buscas aún algo más que mi muerte?

CREONTE – Por mi parte, nada más; con tener esto, lo tengo ya todo.

ANTÍGONA – ¿Qué esperas, pues? A mí, tus palabras ni me placen ni podrían nunca llegar a complacerme; y las mías también a ti te son desagradables. De todos modos, ¿cómo podía alcanzar más gloriosa gloria que enterrando a mi hermano? Todos estos, te dirían que mi acción les agrada, si el miedo no les tuviera cerrada la boca; pero la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de poder hacer y decir lo que le venga en gana.

CREONTE – De entre todos los cadmeos, este punto de vista es solo tuyo.

ANTÍGONA – Que no, que es el de todos: pero ante ti cierran la boca.

CREONTE – ¿Y a ti no te avergüenza pensar distinto a ellos?

ANTÍGONA – Nada hay vergonzoso en honrar a los hermanos.

CREONTE – ¿Y no era acaso tu hermano el que murió frente a él?

ANTÍGONA – Mi hermano era, del mismo padre y de la misma madre.

CREONTE – Y, siendo así, ¿cómo tributas al uno honores impíos para el otro?

ANTÍGONA – No sería esta la opinión del muerto.

CREONTE – Si tú le honras igual que al impío…

ANTÍGONA – Cuando murió no era su esclavo: era su hermano.

CREONTE – …que había venido a arrasar el país; y el otro se opuso en su defensa.

ANTÍGONA – Con todo, Hades requiere leyes igualitarias.

CREONTE – Pero no que el que obró bien tenga la misma suerte que el malvado.

ANTÍGONA – ¿Quién sabe si allí abajo mi acción es elogiable?

CREONTE – No, en verdad no, que un enemigo ni muerto, será jamás mi amigo.

ANTÍGONA – No nací para compartir el odio sino el amor.

CREONTE – Pues vete abajo y, si te quedan ganas de amar, ama a los muertos que, a mí, mientras viva, no ha de mandarme una mujer.

ANTÍGONA de Sófocles, toda vez que se eleva como la tragedia que representa la máxima expresión de la libertad, la familia y el derecho natural frente al despotismo y a las razones de estado, es también, guardadas las distancias y la forma de entender la vida, volver a lo griego, como valor fundamental de la civilización occidental. Cada vez que Antígona es representada, o simplemente leída, levantándose altiva, gloriosa y mártir muriendo en escena, ganamos de alguna manera la libertad y la democracia. Y Sófocles, como diría José María Pemán, gana nuevamente la batalla de Salamina, y con ella, la civilización europea, al contrario, si se hubiere perdido, seriamos persas u orientales, y nuestro destino seria distinto al que vivimos.

Pero vayamos con “Antígona”, lo que ella representa: El pensamiento claro de la razón de la verdad frente a la razón de la política: Eteocles y Polinices, los hijos de Edipo, mueren peleando en bandos contrarios, en el cerco y liberación de Tebas. Eteocles, del lado de la ciudad; Polinices, del lado de los sitiadores. Creonte, el déspota gobernante de Tebas, decreta que Eteocles sea enterrado con todos los honores que corresponden a los héroes que mueren por la patria; Polinices, en cambio, que murió del lado de los sitiadores, debe quedar insepulto como carnaza de los buitres y escarmiento de los Tebanos.

Conocido el decreto del déspota, Antígona, hija también de Edipo, se propone desobedecer el mandato y enterrar a su hermano. En su intento, Antígona es sorprendida por los soldados y llevada presa ante el tirano, que la increpa por su desobediencia, recordándole que habrá pena de muerte para quien entierre a Polinices. Entre Antígona y Creonte se produce un diálogo que se eleva sobre el simple interrogatorio judicial de lo ocurrido y produce un choque entre la ley natural y la piedad familiar con la voluntad personal y arbitraria del tirano. Creonte sentencia según su poder material y su voluntad omnímoda. Antígona argumenta según la ley natural fijada por los dioses en el espíritu humano. Esta escena representa, sin lugar a dudas, el nacimiento de la libertad, de la dignidad humana, de la conciencia personal frente a cualquier tiranía: Antígona le grita a Creonte que sus decretos no tienen ningún valor en la región del Hades y que ella no nació para compartir el odio sino el amor. Creonte le responde pronunciando su sentencia de muerte y Antígona es enterrada viva en una cueva en la montaña.

Hemon, el hijo de Creonte corre a liberar a Antígona, su amada, y al encontrarla muerta se quita la vida…

La Tragedia de Antígona nos coloca frente a los valores humanos: La libertad, la dignidad, el derecho natural y la familia, en síntesis, la defensa de los derechos personalísimos del ser humano. Pero, y lo más importante, ante la exigencia de ser críticos ante los hechos y circunstancias que rodean nuestras vidas: actuar con recta conciencia.