Dante Alighieri 1265 – 1321

Poeta, prosista, filósofo y pensador político italiano. Se considera una de las figuras más sobresalientes de la literatura universal por su espiritualidad y por su profundidad intelectual. Dante nació en Florencia, en los últimos días de mayo o los primeros de junio del año 1265. Su madre murió siendo aun muy niño y su padre al cumplir los 18 años. El acontecimiento más importante de su juventud, según su propio testimonio, fue conocer, en el año 1274, a Beatriz, la mujer a quien amó y que exaltó como símbolo supremo de la gracia divina, en “La divina comedia”. Dante sólo la vio en pocas ocasiones, fue un amor platónico, pero fue suficiente para que la convirtiera en la musa de casi toda su obra. Hacia 1285, se encontraba en Bolonia, y se supone que estudió en la universidad de esa ciudad. Durante las luchas políticas que tuvieron lugar en la Italia de esos años, se unió en un principio al bando de los güelfos, opuestos a los gibelinos.

La primera obra literaria de Dante fue “La vida nueva”. Se compone de poemas en forma de soneto y de canciones, entre los que se intercalan textos en prosa. “La vida nueva”, con su contenida intensidad de sentimientos, constituye una de las grandes obras de la literatura europea. Muchos de los poemas de esta obra están dedicados a Beatriz. El mito o la figura de Beatriz está ligado, fundido íntimamente, con la obra de Dante. Beatriz es la comedia misma, la verdad, según Dante, la diferencia entre lo humano y lo angélico, expresado más vivamente en “La vida nueva”. Beatriz es la única felicidad que Dante ha tenido y sin ella no habría encontrado el camino de la salvación.

“Por mí se llega a la ciudad doliente.

Por mí se avanza hacia la eterna pena.

Por mí se va tras la pérdida gente.

Dios al pecado señaló condena

y surgí entonces cual suprema alianza

del poder sumo y la justicia plena.

Y no existiendo en mí fin ni mudanza

nada me precedió sino Dios mismo.

Los que entrasteis perded toda esperanza”.

La obra maestra de Dante, “La Divina Comedia”, la debió de comenzar alrededor de 1307 y la concluyó poco antes de su muerte. Se trata de una narración alegórica en verso, de una gran fuerza dramática, en la que se describe el imaginario viaje del poeta a través del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Durante su periplo a través del Infierno y el Purgatorio, el guía del poeta es Virgilio, alabado por Dante como el representante máximo de la razón. Beatriz, a quien Dante consideró siempre tanto la manifestación como el instrumento de la voluntad divina, le guía a través del Paraíso.

El poema comienza con el encuentro de Virgilio con Dante, que se ha perdido en una selva y tropieza con bestias salvajes. Virgilio le confiesa al poeta que ha venido en nombre de Beatriz, una dama virtuosa, y lo conduce por un largo viaje de redención que comienza en el Averno: aquí, van pasando por círculos infernales; en el primero, están “los infelices que nunca estuvieron vivos”, los niños que no pudieron recibir el bautismo antes de morir y personas de grandeza espiritual como Virgilio, que intuyeron la revelación cristiana. En el segundo círculo ya el Infierno se muestra con toda propiedad: a la entrada de un pozo se halla Minos, una especie de juez. En los círculos superiores moran los que se dejaron guiar por la incontinencia; en los inferiores, los que respondieron a sus más bajos instintos. Luego se describen los perversos, que al final de sus vidas quedaron solos; los lujuriosos, vencidos por el puro placer sexual; los avaros; los enfermos de ira, condenados a golpearse eternamente hundidos en el fango…

De las tres secciones en que está dividida la comedia solo el purgatorio sucede en la Tierra, como nuestra propia existencia, donde la esperanza se mezcla con el dolor -vivencia intima- de nuestro presente vital.

 

Canto I° de la Divina Comedia

(Fragmento)

Del camino a mitad de nuestra vida

encontréme por una selva oscura,

que de derecha senda era perdida.

¡Y cuánto en el decir es cosa dura

esta selva salvaje, áspera y fuerte,

que en el pensar renueva la pavura!

Tanto es amarga que es poco más muerte:

más, para hablar del bien que allí encontrara

diré otras cosas de que fui vidente.

Yo no sé bien decir cómo allí entrara;

tan lleno era de sueño en aquel punto

que el derecho camino abandonara.

Mas luego, al ser al pie de un monte junto

en donde daba término aquel valle

que aflicto en miedo el corazón me tuvo,

miré a lo alto, y vi su cima revestida

ya de los rayos del planeta

que nos guía con seguridad por todos los senderos.

Entonces se calmó un tanto el miedo

que en el lago del pecho aún me duraba

la noche, que pasara tanto inquieta.

Y como aquel que con cansadas ansias,

salido ya del piélago a la riba,

se vuelve a ver las peligrosas aguas,

así el ánima mía, aún fugitiva,

se volvió atrás a remirar el paso

que no dejó jamás persona viva.

Cuando di algún reposo al cuerpo laso

aquella proseguí playa desierta,

tal que el pie firme siempre era el más bajo.

Y he aquí, casi al comenzar la cuesta

una onza ligera y presta pronto,

que de pie maculada era cubierta:

y no se me apartaba de ante el rostro,

así tanto impedía mi camino

que muchas veces intenté el retorno.

Tiempo era el principio matutino,

y remontaba el sol con las estrellas

que eran con él, cuando el amor divino

movió al principio aquellas cosas bellas;

tal que de esperar bien me dio ocasión,

de la fiera de piel pintada aquella,

la hora del tiempo y dulce la estación:

mas no sin que temor no me infundiese

la aparecida vista de un león.

Este semblaba contra mi viniese

con la testa alta y apetito fiero,

que el aire parecía le temiese;

mas una loba, que de todo anhelo

parecía cargada en su magrura,

y vivir mucha gente hizo con duelo,

esta causome turbación tan dura

con el temor, nacido de su vista,

que perdí la esperanza de la altura.

Y como aquel, que con placer aquista,

y llega el tiempo que perder le haga,

que en todo su pensar llora y se atrista,

tal me hiciera la fiera de paz falta,

que, viniendo a mi encuentro, poco a poco,

me rechazaba allí donde el sol falla.

Mientras retrocedía al lugar hondo

ante mi vista se hizo descubierto

quien mudo pareció en lo silencioso.

Cuando yo le miré en el gran desierto,

“Apiádate de mi -le grité al mismo-,

quienquiera seas, sombra u hombre cierto.”

Respondiome: “Hombre no; hombre ya he sido,

los que diéronme el ser fueron lombardos,

y ambos por patria a Mantua la han tenido.

Nací sub Julio, bien que un poco tardo

y viví en Roma, bajo el buen Augusto,

en tiempos de engañosos dioses falsos.

Poeta he sido, y yo canté del justo

hijo de Anquises, que volvió de Troya

después que fuese el soberbio Ilión combusto.

Mas, ¿por qué a tanta pena tu retornas?

¿por qué no vas al deleitoso monte

que es principio y razón de dicha toda?”

“¿Eres tu aquel Virgilio, aquella fuente

que tan gran río en el hablar difunde?

-le respondí con vergonzosa frente-.

¡Oh, de los otros poetas honra y lumbre!

válgame el largo estudio y grande amor,

que a mí buscar me han hecho tu volumen.

Eres tu mi maestro, eres mi autor:

eres tu solo aquel, de quien yo hurto

el bello estilo, que me ha dado honor.

Mira la bestia por la cual yo huyo:

de ella, famoso sabio, has de ayudarme,

que me hace estremecer venas y pulso.”

Te conviene seguir distinto viaje,

-dijo, después de ver que yo lloraba-,

si quieres huir de este lugar salvaje:

porque esta bestia, por la cual tu clamas,

no deja que otro pase por su vía,

mas tanto se lo impide que lo mata;

y es su natura tan malvada e impía

que su rabiosa gana nunca llena,

y ha más hambre al comer que antes tenía.

Con muchos animales se empareja,

y aún serán muchos más, hasta que el Veltro

vendrá, y hará que con dolor se muera.

Este no comerá tierra ni peltro,

pero si amor, virtud, sabiduría,

y su patria estará entre Feltro y Feltro;

será salud de aquella humilde Italia,

por quien murió la virginal Camila,

Euríalo y Turno y Niso en la batalla.

Este la cazara por cada villa,

hasta arrojarla dentro del infierno,

del que al principio la sacó la envidia.

Mas ahora por tu bien pienso y discierno

que tu me sigas, yo seré tu guía:

te sacaré de aquí a un lugar eterno,

donde oirás espantosa gritería:

verás viejos espíritus en duelo,

que todos la segunda muerte ansían;

luego aquellos verás, que están contentos

en fuego, porque esperan la llegada

entre los alabados, a su tiempo:

a los cuales, si tu ascender desearas,

otra alma te guiara que yo más digna,

te dejaré con ella cuando parta:

que aquel Emperador, que reina arriba,

porque yo con su ley rebelde me hice,

no quiere a su cuidad por mi la ida.

En toda parte impera y allí rige,

allí está su ciudad y su alto asiento:

¡dichoso aquel, que al lado suyo elige!”

Yo le dije: “Poeta, te requiero

por ese Dios que tu no conociste,

para huir de este mal o más adverso,

que me lleves allá donde dijiste,

tal que yo vea la puerta de San Pedro

y aquellos que tu dices ser tan tristes.”

Anduvo entonces, y seguí postrero.

Versión de: Carlos López Narváez

Nota de Clásicos Literarios: Se recomienda la versión, en prosa, de Ángel Chiclana (Colección Austral), antes moderna y fiel a las ideas que adherida a los calcos de una traducción demasiado fiel a las palabras literales.