Michel de Montaigne 1533-1592

Escritor francés que introdujo el ensayo como forma literaria. Sus ensayos, que abarcan un amplio abanico de temas, se caracterizan por un estilo discursivo, un tono coloquial y el uso de numerosas citas de autores clásicos.

Montaigne nació el 28 de febrero de 1533 en el Château de Montaigne (cerca de Libourne). Posteriormente cursó estudios de leyes, probablemente en Toulouse. Su primera empresa literaria fue una traducción, publicada en 1569, de la Theologia Naturalis, obra del teólogo español Raimundo de Sabunde. En el Château de Montaigne pasó el resto de su vida, estudiando a sus autores clásicos favoritos y escribiendo los ensayos que constituyen su gran colección “Ensayos”. Los dos primeros tomos de esta obra vieron la luz en 1580. Escribió un tercer tomo de ensayos que se incluyó en la quinta edición de sus “Ensayos” en 1588. Los últimos años de su vida los pasó recluido en su propiedad, con la excepción de algún viaje ocasional a París y Ruán. La única obra que escribió además de sus Ensayos es un relato de sus viajes publicado en 1774.

Como pensador, Montaigne destaca por su análisis de las instituciones, opiniones y costumbres, así como por su oposición a cualquier forma de dogmatismo carente de una base racional. Montaigne observaba la vida con escepticismo filosófico y puso de relieve las contradicciones e incoherencias inherentes a la naturaleza y la conducta humana. El más extenso de sus ensayos, “Apología de Raimundo de Sabunde”, es un estudio de la capacidad racional y las aspiraciones religiosas del ser humano. En literatura y filosofía admiraba a los autores de la antigüedad, y en materia política defendía la monarquía como la forma de gobierno más adecuada para garantizar la paz y el orden.

 

Sea cual sea el momento en que vuestra vida termine, estará completa. La utilidad del vivir no está en su duración sino en su uso: alguno ha vivido largo tiempo y ha vivido poco: aplicaos a ella mientras podáis. De vuestra voluntad depende, y no del número de años, el vivir bastante.

¡Oh, furiosa ventaja de la oportunidad! A quien me preguntara qué es lo primero en el amor, responderíale que es saber esperar; lo segundo, lo mismo, e incluso lo tercero: Es un punto que todo lo puede.

Todos huyen al verlo nacer, todos le siguen para verlo morir. Para destruirlo,se busca un campo espacioso, a plena luz; para construirlo, se mete uno en un agujero tenebroso y estrecho.

 

En estos tiempos convulsos en los que los ejecutivos leen el Sun Tzu y los psicólogos y terapeutas de toda índole recomiendan “Más Platón y menos Prozac”, sorprende el desconocimiento que se tiene del primer pensador de la vida moderna: Michel de Montaigne. El pensamiento de Montaigne fluctúa entre El Príncipe de Maquiavelo y las teorías de Tomas Moro, Seneca y Plutarco. Montaigne descubrió que la filosofía servía para encontrar soluciones a las múltiples angustias del hombre de a pie. Dirigiéndose al lector Montaigne afirmó: “Yo mismo soy la materia de mi libro”.

Montaigne se ocupa del ser universal: en sus ensayos cabe la meditación sobre la moral, la tristeza, la amistad, el correcto desenvolvimiento de los negocios o las pequeñas disfunciones de alcoba. Y del último acto de la vida humana, la muerte. Para Montaigne el bien supremo radica en una total aceptación de sí mismo, “es absoluta perfección –dice- y como divina, el saber gozar lealmente del propio ser”. Ese es con mucho el bien supremo, y no superfluas ideologías, el saber de la existencia remota e incognoscible de un Dios, sino el conocerse profundamente a sí mismo, como Socrates enseña. Montaigne es preciso en sus observaciones:

Yo me jacto de abrazar con tanto entusiasmo los bienes de la vida, y tan particularmente, no hallo en ellos, cuando los miro así de atentamente, nada más que viento. Mas que, no somos sino viento en todo. Y aún, el viento, más sabiamente que nosotros, gusta de moverse, de agitarse, y se contenta con sus propias funciones, sin desear la estabilidad ni la solidez, cualidades que no son suyas.

Este tipo de sabiduría va mas allá del desencanto, es pragmática y se aleja de la trascendencia:

Quieren salirse fuera de sí y escapar del hombre. Locura es: en lugar de transformarse en ángeles, transformarse en bestías; en lugar de elevarse, rebajarse. Espántanme esas posturas trascendentes, como los lugares altos e inaccesibles; y nada me resulta tan difícil de digerir en la vida de Sócrates como sus éxtasis y sus posesiones demoniacas.

Montaigne es un profundo conocedor de su ser, demasiado unitario para dirigirse a su genio o a su demonio.