Virgilio 70 aC – 19 aC

El centro de la vida de Virgilio, de los veinte a los cuarenta años, está enmarcado por el Rubicón y por los ecos de la batalla de Accio; vivió en un torbellino de constantes enfrentamientos civiles que no llegaron a su final, sino con la muerte de Antonio, el año 30 a. C. Agripa, el militar en una mano, y Mecenas el amigo de las letras en otras, Octaviano decide entonces comenzar toda una obra de reconstrucción nacional (la «restauración de la República», decían ellos) que debía contar con una adecuada campaña de propaganda. Mecenas estaba empeñado en que alguno de sus poetas cantase las gestas de Octaviano, y parece que probó sin fortuna con Horacio y Propercio, quienes habrían renunciado de antemano a tan ingente tarea. También Virgilio recibió esta propuesta, y parece que se dejó llevar por el entusiasmo de la victoria y de la paz y puso manos a la obra. Si tenemos en cuenta el sangriento pasado que estos poetas habían conocido, no podemos sorprendernos si dejaron escapar un profundo suspiro cuando se cerraron en Roma las puertas del templo de Jano, las puertas de la guerra: era el año 29, y casi durante doscientos años habían estado abiertas, ensangrentadas.

 

 

Eneas huyó de Troya tras haber sido quemada por los aqueos. Se llevó a su padre y a su hijo a rastras, y su mujer le seguía a pocos pasos. Pero ella pereció en la oscuridad. Eneas, desesperado, embarcó con otros supervivientes en busca de una nueva tierra. Su enemistad con Juno (Esposa de Júpiter, Diosa reina del Olimpo y madre de muchos dioses) le llevó a navegar errante durante mucho tiempo.

En su viaje llega a las costas del norte de África, en Cartago. Allí habita la reina Dido, que se enamora de él por obra de Cupido (el regordete angelito del arco y la flecha hijo de Venus), para que olvide a su difunto marido; entonces lo retiene por largo tiempo.

El reino es hospitalario y todos los troyanos quieren quedarse en Cartago, pero Eneas sabe que es en Italia donde debe fundar su imperio.

Tras su marcha, Dido, hostigada e instigada por las malvadas arpías (Criaturas horrendas con cabeza de mujer, cuerpo de pájaro, excelentes cantoras pero sumamente malvadas) se suicida en una pira con la espada de Eneas, maldiciendo por siempre a su amado y haciéndole jurar venganza a su pueblo para que destruya a los hijos de su padre, los futuros romanos. (De esta forma se crea el cuadro que justifica la eterna enemistad entre dos pueblos hermanos, el de Cartago y el de Roma, que se sacaron mutuamente la mugre en las guerras púnicas).

Igual que muchos héroes griegos (Orfeo, Hércules, Odiseo y últimamente Xena) nuestro héroe Eneas, en su camino, debe descender a los infiernos y allí se encuentra con su padre, ya muerto, quien le revela que fundará un imperio floreciente, Roma.

Eneas llega al Lacio, donde gobierna el rey Latino (así se llamaba, no es que haya nacido en Hispanoamérica). Este rey tiene una hija que se llama Lavinia quien tiene que casarse con Turno, que es líder de una banda de revoltosos llamados “Rútulos”.

No obstante el Rey Latino, al consultar el oráculo, se le profetiza que un hombre llegado del mar (Eneas, lógicamente) se casará con su hija y creará un gran imperio.

Entonces Turno y Eneas se declaran la guerra por causa de la bella princesa (quien naturalmente prefiere a Eneas) y se ponen a batallar durante largo tiempo.

A Eneas le ayuda Venus (Diosa del Amor) pero Turno es ayudado por Juno. Júpiter (Dios del rayo, Padre y Rey de todos los Dioses) no se anima a otorgar la victoria a ningún bando, por tanto la guerra se extiende y se extiende.

Al final, Eneas mata a Turno en un combate y consigue la mano de Lavinia. Final feliz y de paso fundan un reino que algún día se convertirá en Roma.