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Eurípides 485-406 a.C.

El último de los tres grandes maestros de la tragedia griega es Eurípides. Nació en Salamina en 485 a.C. Su antipatía por la política fue lo que le empujó a centrar su tiempo en el estudio y en la filosofía. Nunca fue el favorito de sus contemporáneos. Fue reconocido años más tarde, y llegó a ser representado en Roma mucho más que ningún otro. Su influencia peso en los europeos mucho más que la de Sófocles o Esquilo.

Es posible que este reconocimiento tardío se deba a que se conservan muchas más obras de Eurípides que de Esquilo o Sófocles. Concretamente se conservan dieciocho, de entre las cuales destacan Orestes, Andrómaca, Medea, Las bacantes y Las fenicias. Sin embargo, estiman los estudiosos del mundo griego que debió escribir alrededor de noventa y dos. Centró su obra, en cualquier caso, en los principales problemas morales y sociales que podían afectar al hombre de su época.

Eurípides renovó la técnica dramática, a la que incorporó el prólogo como esquema de la obra, disminuyendo la relevancia del coro dentro del desarrollo de la acción. Los tres maestros de la tragedia griega se caracterizaron por hacer reformas en la técnica y el estilo, mejorando lo anterior y permitiendo que el género alcanzara nuevos objetivos.

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“¡Oh, bálsamo precioso del sueño, alivio de los males, cómo te agradezco que acudas a mí en los momentos de necesidad!”

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Una de las particularidades de las Bacantes es que a diferencia de otras obras esta explica el mito mientras que aquellas explicaban la obra, Las Bacantes tratan del mito de Dionisos, el protector del teatro donde se representaban todas las obras y su importancia para la vida ética y moral del teatro.

Dionisos nace de un estallido de violencia. Zeus, alejándose del Olimpo, fecunda a una mortal. Hera, su celosa mujer se enfurece. La amante Hera ordena a los Titanes que despedacen al recién nacido y se lo coman crudo. Pero Zeus destroza a los titanes y recompone al niño. Este niño, devuelto a la vida, es Dionisos el hijo de Zeus, nacido dos veces. El dios semi-humano que muere y es resucitado. La destrucción e ingestión simbólica del dios tiene como consecuencia el renacimiento de sus devotos. Esta parte del mito, del ritual, tiene semejanzas con el cristianismo, con el rito de la transubstanciación del cuerpo de Cristo, según el cual, la sangre y el cuerpo de Cristo pasan al cuerpo de sus creyentes en el rito de la comunión. En ambos casos se trata de una confirmación del creyente.

En las Bacantes, Dionisos o Baco aparece justo al principio disfrazado con una cabellera rubia. Dionisos es un dios joven, ambicioso y celoso que ha recorrido Persia y Arabia iniciando a la gente en sus misterios. Llega a Tebas, su lugar de nacimiento, con su sequito de bacantes, mujeres consagradas a su culto. En Tebas las mujeres hacen burla de la difunta madre de Dioniso, negándose a creer que fuera fecundada por Zeus y Dionisos se venga de ellas haciéndolas enloquecer y enviándolas a la montaña a consagrarse. ¿Consagrarse a qué? No lo sabemos. Solo sabemos que los ritos son secretos. Se nos dice que las participantes van vestidas con pieles de ciervo y que enarbolan una vara de hinojo con ramas de hiedra enrolladas, un tirso, que en el primero de los múltiples y desconcertantes cambios de sexo, puede suponerse que representa los genitales masculinos. Indicios claros de la confusión que se presenta en la jerarquía sexual. Pero no como ocurre con las deidades de las tres grandes religiones que surgen

Dionisos está furioso con aquellos que se niegan a creer pero no a la manera inexorable de las tres grandes religiones nacidas a partir de la intuición trascendental de Abrahán, patriarca arameo (sirio), que peregrina desde Mesopotamia hasta Palestina, el norte de Arabia y Egipto, vinculando de esa forma las grandes tradiciones semitas. Dionisos es un dios taimado y vengativo. Dionisos encuentra su antagonista, su víctima, en el rey de Tebas, Penteo. El rey, ha estado lejos de su hogar y cuando regresa a él, movido por los acontecimientos extraños que le comunican, todas las mujeres se han marchado, incluso su propia madre. Penteo, disgustado, se queja de los fingimientos de las mujeres y cree que están simulando el culto o que son en realidad seguidoras de Afrodita y duermen en las montañas.

Abrumado por los acontecimientos, el joven Penteo, en el ejercicio del poder (e imprudente en su ejercicio), pretende hacerse con el control absoluto y encierra a algunas mujeres. Todos le aconsejan que llegue a un acuerdo con el dios Dionisos. Pero no. Penteo cree que el dios es falso. Su ignorancia y falta de experiencia, el temor a la sexualidad femenina lo acongoja y domina. Es un joven que no ha tenido esa experiencia. Tiene miedo a perder el control de las mujeres. La obra, al principio parece que quiere exorcizarnos contra la pretensión de desdeñar a los dioses, así sean extraños. No debemos tener la tentación de oponernos a la voluntad divina. La intolerancia genera violencia. Penteo quiere controlarlo todo.

Eurípides juega con nosotros, con los lectores, la obra se retuerce entre la maldad y la parodia; los caminos a recorrer son inestables y nosotros participamos de esa inestabilidad. Nosotros queremos saber, como Penteo, qué está pasando en las montañas.

Penteo se reúne con Dionisos y ambos se manifiestan su odio. Penteo encuentra al dios afeminado y gordo, momento en que el dios arremete violentamente contra el rey: ”No conoces tus propios límites –le dice-. No sabes lo que haces. No sabes quién eres”. En medio de las mutuas agresiones verbales entre el rey y el dios, aparece un mensajero, un pastor, con noticias de lo que hacen las mujeres en la montaña. Por fin vamos a saberlo nosotros y el rey:

Veo tres comitivas de coros de mujeres,

de los cuales mandaba uno Autonoe, el segundo

Agavé, tu madre; y el tercer coro, Ino.

Todas dormían abandonadamente,

unas apoyando la espalda en el follaje de un abeto,

otras en hojas de encina sobre el suelo su cabeza

en sabio abandono dejando, no como tu dices,

ebrias de vino y del ruido de la flauta de loto,

enloquecidas y persiguiendo a venus en la selva.

Tu madre dio un grito, en pie

en medio de las bacantes, para que sacudieran el sueño

cuando oyó los mugidos de las cornudas vacas.

Y ellas expulsaron de sus ojos el profundo sueño

y saltaron en pie, maravilla de orden,

jóvenes, viejas y doncellas intactas.

Y primero dejaron caer sobre sus hombros las cabelleras

y las pieles de cabrito componían cuantas de sus broches

se habían soltado, y las moteadas pieles

se las ceñían como serpientes que les lamían la mejilla.

Y en sus brazos cabras monteses o lobeznos

salvajes teniendo, les daban blanca leche

cuantas recién paridas tenían aun el pecho rebosante

por haber dejado a sus niños, y se ponían coronas

de yedra y de encina y de tejo florido.

Una cogió el tirso y golpeo la roca

de donde salta agua de rocío, otra tiró su vara al suelo

y por allí envió el dios una fuente de vino.

Las que tenían deseo de la blanca bebida

arañaban la tierra con sus dedos

y tenían arroyos de leche, y de los tirsos

de yedra escurrían dulces chorros de miel.

Si allí hubieras estado, al dios que ahora insultas

le rendirías alabanzas después de vistas tales cosas.

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La cultura pagana se evoca aquí poderosamente. Aquí tenemos el culto a Dionisos como celebración del poder desbordante de la vida. Las energías masculinas y femeninas se alternan en fecunda profusión. Penteo, el rey, no solo está confundido sino que se siente incapaz, infecundo. Dionisos es un dios Vanidoso y despiadado pero con el poder de liberar la energía vital.

Estos versos se corresponden con primera parte del discurso del pastor. En la segunda parte, éste y sus amigos pretenden capturar a la madre de Penteo para ganarse el favor del rey. Pero Agavé y las demás mujeres arremeten contra ellos: Los animales son descuartizados y las varas ahora desgarran la carne humana…

Los ritos, pues, se convierten en un éxtasis creativo; solo la imaginación de Penteo los considera como algo nocivo y destructivo, pernicioso y perverso. Euripides nos pone ante la disyuntiva entre la arrogancia de la racionalidad o la aceptación de que el rito suele ser una confirmación religiosa. En esta obra maravillosa Euripides consigue establecer una relación entre el espectador y el espectáculo. El espectador no se puede abstraer de lo que en la obra sucede, se siente parte de la misma, y al igual que Penteo, el espectador es arrancado de su silla. La obra lo sumerge en su trama y luego lo castiga…