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Acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos. Ustedes
quizás los conozcan mejor que yo, ya que yo los he escrito una vez y
he tratado de olvidarlos, para no desanimarme he pasado a otros; en
cambio, tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío,
digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí. Pero creo
que podemos hablar sobre mis cuentos, si les parece que merecen
atención. Voy a tratar de recordar alguno y luego me gustaría
conversar con ustedes que, posiblemente, o sin posiblemente, sin
adverbio pueden enseñarme muchas cosas, ya que no creo, contrariamente
a la teoría de Edgar Allan Poe, que el arte, la operación de escribir,
sea una operación intelectual. Yo creo que es mejor que el escritor
intervenga lo menos posible en su obra. Esto puede parecer asombroso;
sin embargo, no lo es: en todo caso se trata, curiosamente, de la
doctrina clásica. Lo vemos en la primera línea —yo no sé griego— de La
Ilíada de Homero, que leemos en la versión tan censurada de
Hermosilla: «Canta, Musa, la cólera de Aquiles». Es decir, Homero, o
los griegos que llamamos Homero sabían que el poeta no es el cantor,
que el poeta (el prosista, da lo mismo) es simplemente el amanuense de
algo que ignora y que en su mitología se llamaba la Musa. En cambio,
los hebreos prefirieron hablar del espíritu, y nuestra psicología
contemporánea, que no adolece de excesiva belleza, de la
subconsciencia, el inconsciente colectivo, o algo así. Pero, en fin,
lo importante es el hecho de que el escritor es un amanuense, él
recibe algo y trata de comunicarlo, lo que recibe no son exactamente
ciertas palabras en un cierto orden, como querían los hebreos, que
pensaban que cada sílaba del texto había sido prefijada. No, nosotros
creemos en algo mucho más vago que eso, pero, en cualquier caso, en
recibir algo.
Voy a tratar entonces de recordar un cuento mío. Estaba dudando
mientras me traían y me acordé de un cuento que no sé si ustedes han
leído: se llama El Zahir. Voy a recordar cómo llegué yo a concepción
de ese cuento. Uso la palabra «cuento» entre comillas, que no sé si lo
es o qué es, pero, en fin, el tema de los géneros es lo de menos.
Croce creía que no hay géneros; yo creo que sí, que los hay en el
sentido de que hay una expectativa en el lector. Si una persona lee un
cuento, lo lee de un modo distinto de su modo de leer cuando busca un
artículo en una enciclopedia o cuando lee una novela, o cuando lee un
poema. Los textos pueden no ser distintos pero cambian según el
lector, según la expectativa. Quien lee un cuento sabe o espera leer
algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un
mundo, no diré fantástico —muy ambiciosa es la palabra— pero sí
ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes.
Ahora llego a El Zahir y, ya que estamos entre amigos, voy a contarles
cómo se me ocurrió ese cuento. No recuerdo la fecha en la que escribí
ese cuento, sé que yo era director de la Biblioteca Nacional, que está
situada en el Sur de Buenos Aires, cerca de la iglesia de La
Concepción; conozco bien ese barrio. Mi punto de partida fue una
palabra, una palabra que usamos casi todos los días sin darnos cuenta
de lo misterioso que hay en ella (salvo que todas las palabras son
misteriosas): pensé en la palabra inolvidable, unforgettable en
inglés. Me detuve, no sé por qué, ya que habla oído esa palabra miles
de veces, casi no pasaba un día en que no la oía; pensé: qué raro
sería si hubiera algo que realmente no pudiéramos olvidar. Qué raro
sería si hubiera, en lo que llamamos realidad, una cosa, un objeto
—¿por qué no?— que fuera realmente inolvidable.
Ese fue mi punto de partida, bastante abstracto y pobre; pensar en el
posible sentido de esa palabra oída, leída, literalmente inolvidable,
unforgettable, unvergesslich, inoubliable. Es una consideración
bastante pobre, como ustedes han visto. En seguida pensé que si hay
algo inolvidable, ese algo debe ser común, ya que si tuviéramos una
quimera, por ejemplo, un monstruo con tres cabezas (una cabeza creo
que de cabra, otra de serpiente, otra creo que de perro, no estoy
seguro), lo recordaríamos ciertamente. De modo que no habría ninguna
gracia en un cuento con un minotauro, con una quimera, con un
unicornio inolvidables; no, tenía que ser algo muy común.

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 Al pensar en ese algo común pensé, creo que inmediatamente,
en una moneda, ya que se acuñan miles y miles
de monedas todas exactamente iguales. Todas con la efigie
 de la libertad, o con un escudo o con ciertas palabras
convencionales. Qué raro sería si hubiera una moneda, una moneda
perdida entre esos millones de monedas, que fuera inolvidable. Y pensé
en una moneda que ahora ha desaparecido, una moneda de veinte
centavos, una moneda igual a las otras, igual a la moneda de cinco, o
a la de diez, un poco más grande; qué raro si entre los millones,
literalmente, de monedas acuñadas por el Estado, hubiera una que fuera
inolvidable. De ahí surgió una idea; una inolvidable moneda de veinte
centavos. No sé si existen aún, si los numismáticos las coleccionan,
si tienen algún valor, pero, en fin, no pensé en eso en aquel tiempo.
Pensé en una moneda que para los fines de mi cuento tenía que ser
inolvidable; es decir: una persona que la viera no podría pensar en
otra cosa.
Luego me encontré ante la segunda o tercera dificultad… he perdido
la cuenta. ¿Por qué esa moneda iba a ser inolvidable? El lector no
acepta la idea, yo tenía que preparar la inolvidabilidad de mi moneda
y para eso convenía suponer un estado emocional en quien la ve, había
que insinuar la locura, ya que el tema de mi cuento es un tema que se
parece a la locura o a la obsesión. Entonces pensé, como pensó Edgar
Allan Poe cuando escribió su justamente famoso poema El Cuervo, en la
muerte de una mujer hermosa. Poe se preguntó a quién podía impresionar
la muerte de esa mujer, y dedujo que tenía que impresionarle a alguien
que estuviese enamorado de ella. De ahí llegué a la idea de una mujer,
de quien yo estoy enamorado, que muere, y yo estoy desesperado.
En ese punto hubiera sido fácil, quizás demasiado fácil, que esa mujer
fuera como la perdida Leonor de Poe. Pero no decidí mostrar a esa
mujer de un modo satírico, mostrar el amor de quien no olvidará la
moneda de veinte centavos como un poco ridículo; todos los amores lo
son para quien los ve desde afuera.
Entonces, en lugar de hablar de la belleza del low splendor, la
convertí en una mujer bastante trivial, un poco ridícula, venida a
menos, tampoco demasiado linda. Imaginé esa situación que se da muchas
veces: un hombre enamorado de una mujer, que sabe, por un lado, que no
puede vivir sin ella y, al mismo tiempo, sabe que esa mujer no es
especialmente memorable, digamos, para su madre, para sus primas, para
la mucama, para la costurera, para las amigas; sin embargo, para él,
esa persona es única.
Eso me lleva a otra idea, la idea de que quizás toda persona sea
única, y que nosotros no veamos lo único de esa persona que habla en
favor de ella. Yo he pensado alguna vez que esto se da en todo, si no
fijémonos que en la Naturaleza, o en Dios (Deus sive Natura, decía
Spinoza) lo importante es la cantidad y no la calidad. Por qué no
suponer, entonces, que hay algo, no sólo en cada ser humano, sino en
cada hoja, en cada hormiga, único, que por eso Dios, o la Naturaleza,
crea millones de hormigas; es falso, no hay millones de hormigas, hay
millones de seres muy diferentes, pero la diferencia es tan sutil que
nosotros los vemos como iguales.
Entonces, ¿qué es estar enamorado? Estar enamorado es percibir lo
único que hay en cada persona, eso único que no puede comunicarse
salvo por medio de hipérboles o de metáforas. Entonces, por qué no
suponer que esa mujer, un poco ridícula para todos, poco ridícula para
quien está enamorado de ella, esa mujer muere. Y luego tenemos el
velorio. Yo elegí el lugar del velorio, elegí la esquina, pensé en la
iglesia de La Concepción, una iglesia no demasiado famosa ni demasiado
patética, y luego al hombre que después del velorio va a tomar un
guindado a un almacén. Paga; en el cambio le dan una moneda y él
distingue en seguida que hay algo en ella —hice que fuera rayada para
distinguirla de las otras. Él ve la moneda, está muy emocionado por la
muerte de la mujer, pero al verla ya empieza a olvidarse de ello,
empieza a pensar en la moneda. Ya tenemos el objeto mágico para el
cuento. Luego vienen los subterfugios del narrador para librarse de
esa que él sabe que es una obsesión. Hay diversos subterfugios: uno de
ellos es perder la moneda. La lleva, entonces, a otro almacén que
queda un poco lejos. La entrega en el cambio, trata de no fijarse en
qué esquina está ese almacén, pero eso no sirve para nada porque él
sigue pensando en la moneda.
Luego llega a extremos un poco absurdos. Por ejemplo, compra una libra
esterlina con San Jorge y el dragón, la examina con una lupa, trata de
pensar en ella y olvidarse de la moneda de veinte centavos ya perdida
para siempre, pero no logra hacerlo. Hacia el final del cuento el
hombre va enloqueciendo pero piensa que esa misma obsesión puede
salvarlo. Es decir, habrá un momento en el cual ya el universo habrá
desaparecido, el universo será una moneda de veinte centavos. Entonces
él —aquí produje un pequeño efecto literario— él, Borges, estará loco,
no sabrá que es Borges. Ya no será otra cosa que el espectador de esa
perdida moneda inolvidable. Y concluí con esta frase debidamente
literaria, es decir, falsa: «Quizás detrás de la moneda está Dios». Es
decir, si uno ve una sola cosa, esa cosa única es absoluta. Hay otros
episodios que he olvidado, quizás alguno de ustedes los recuerde. Al
final, él no puede dormir, sueña con la moneda, no puede leer, la
moneda se interpone entre el texto y él, casi no puede hablar sino de
un modo mecánico, porque realmente está pensando en la moneda, así
concluye el cuento.


Bien, ese cuento pertenece a una serie de cuentos, en la que hay
objetos mágicos que parecen preciosos al principio y luego son
maldiciones, sucede que están cargadas de horror. Recuerdo otro cuento
que esencialmente es el mismo y que está en mi mejor libro, si es que
yo puedo hablar de mejores libros: El libro de arena. Ya el título es
mejor que El Zahir, creo que zahir quiere decir algo así como
maravilloso, excepcional. En este caso, pensé antes que nada en el
titulo: El libro de arena, un libro imposible, ya que no puede haber
libros de arena, se disgregarían. Lo llamé libro de arena porque
consta de un número infinito de páginas. El libro tiene el número de
la arena, o más que el presumible número infinito de páginas, no puede
abrirse dos veces en la misma.
Este libro podría haber sido un gran libro, de aspecto ilustre; pero
la misma idea que me llevó a una moneda de veinte centavos en el
primer cuento, me condujo a un libro mal impreso, con torpes
ilustraciones y escrito en un idioma desconocido. Necesitaba eso para
el prestigio del libro, y lo llamé Holy Writ —escritura sagrada—, la
escritura sagrada de una religión desconocida. El hombre lo adquiere,
piensa que tiene un libro único, pero luego advierte lo terrible de un
libro sin primera página (ya que si hubiera una primera página habría
una última). En cualquier parte en la que él abra el libro, habrá
siempre algunas páginas entre aquella en la que él abre y la tapa. El
libro no tiene nada de particular, pero acaba por infundirle horror y
él opta por perderlo y lo hace en la Biblioteca Nacional. Elegí ese
lugar en especial porque conozco bien la biblioteca.
Así, tenemos el mismo argumento: un objeto mágico que realmente encierra horror.
Pero antes yo había escrito otro cuento titulado Tlön, Uqbar, Orbis
Tertius. Tlön, no se sabe a qué idioma corresponde. Posiblemente a una
lengua germánica. Uqbar sugiere algo arábigo, algo asiático. Y luego
dos palabras claramente latinas: Orbis Tertius, mundo tercero. La idea
era distinta, la idea es la de un libro que modifique el mundo.
Yo he sido siempre lector de enciclopedias, creo que es uno de los
géneros literarios que prefiero porque de algún modo ofrece todo de
manera sorprendente. Recuerdo que solía concurrir a la Biblioteca
Nacional con mi padre; yo era demasiado tímido para pedir un libro,
entonces sacaba un volumen de los anaqueles, lo abría y leía. Encontré
una vieja edición de la Enciclopedia Británica, una edición muy
superior a las actuales ya que estaba concebida como libro de lectura
y no de consulta; era una serie de largas monografías. Recuerdo que
una noche especialmente afortunada en la que busqué el volumen que
corresponde a D-L y leí un artículo sobre los druidas, antiguos
sacerdotes de los celtas, que creían —según César— en la
transmigración (puede haber un error de parte de César). Leí otro
artículo sobre los drusos del Asia Menor, que también creen en la
transmigración. Luego pensé en un rasgo no indigno de Kafka: Dios sabe
que esos drusos son muy pocos, que los asedian sus vecinos, pero al
mismo tiempo creen que hay una vasta población de drusos en la China y
creen, como los druidas, en la transmigración. Eso lo encontré en
aquella edición, creo que del año 1910, y luego en la de 1911 no
encontré ese párrafo, que posiblemente soñé; aunque creo recordar aún
la frase Chinese druses —drusos chinos— y un artículo sobre Dryden,
que habla de toda la triste variedad del infierno, sobre el cual ha
escrito un excelente libro el poeta Eliot; eso me fue dado en una
noche.


Y como siempre he sido un lector de enciclopedias, reflexioné —esa
reflexión es trivial también, pero no importa, para mí fue
inspiradora— que las enciclopedias que yo había leído se refieren a
nuestro planeta, a los otros, a los diversos idiomas, a sus diversas
literaturas, a las diversas filosofías, a los diversos hechos que
configuran lo que se llama el mundo físico. ¿Por qué no suponer una
enciclopedia de un mundo imaginario?
Esa enciclopedia tendría el rigor que no tiene lo que llamamos
realidad. Dijo Chesterton que es natural que lo real sea más extraño
que lo imaginado, ya que lo imaginado procede de nosotros, mientras
que lo real procede de una imaginación infinita, la de Dios. Bueno,
vamos a suponer la enciclopedia de un mundo imaginario. Ese mundo
imaginario, su historia, sus matemáticas, sus religiones, las herejías
de esas religiones, sus lenguas, las gramáticas y filosofías de esas
lenguas, todo eso va a ser más ordenado, es decir, más aceptable para
la imaginación que el mundo real en el que estamos perdidos, del que
podemos pensar que es un laberinto, un caos. Podemos imaginar,
entonces, la enciclopedia de ese mundo, o esos tres mundos que se
llaman, en tres etapas sucesivas, Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. No sé
cuántos ejemplares eran, digamos treinta ejemplares de ese volumen que
leído y releído, acaba de suplantar la realidad—, ya que la historia
real que narra es más aceptable que la historia real que no
entendemos, su filosofía corresponde a la filosofía que podemos
admitir fácilmente y comprender el idealismo de Hume, de los hindúes,
de Schopenhauer, de Berkeley, de Spinoza. Supongamos que esa
enciclopedia funde el mundo cotidiano y lo reemplaza. Entonces, una
vez escrito el cuento, aquella misma idea de un objeto mágico que
modifica la realidad lleva a una especie de locura; una vez escrito el
cuento pensé: «¿qué es lo que realmente ha ocurrido?». Ya que, ¿qué
seria del mundo actual sin los diversos libros sagrados, sin los
diversos libros de filosofía?


Ese fue uno de los primeros cuentos que escribí. Ustedes observarán
que esos tres cuentos de apariencia distinta, Tlön, Uqbar, Orbis
Tertius, El Zahir y El libro de arena son esencialmente el mismo: un
objeto mágico intercalado en lo que se llama mundo real. Quizás
piensen que yo haya elegido mal, quizás haya otros que les interesen
más. Veamos por lo tanto otro cuento: Utopía de un hombre que está
cansado. Esa utopía de un hombre que está cansado es realmente mi
utopía. Creo que adolecemos de muchos errores: uno de ellos es la
fama. No hay ninguna razón para que un hombre sea famoso. Para ese
cuento yo imagino una longevidad muy superior a la actual. Bernard
Shaw creía que convendría vivir 300 años para llegar a ser adulto.
Quizás la cifra sea escasa; no recuerdo cuál he fijado en ese cuento:
lo escribí hace muchos años. Supongo primero un mundo que no está
parcelado en naciones como ahora, un mundo que haya llegado a un
idioma común. Vacilé entre el esperanto u otro idioma neutral y luego
pensé en el latín. Todos sentimos la nostalgia del latín. Me acuerdo
de una frase muy linda de Browking que habla de ello: «Latin, marble’s
language» —Latín, idioma del mármol—. Lo que se dice en latín aparece,
efectivamente, grabado en el mármol de un modo bastante lapidario.
Pensé en un hombre que vive mucho tiempo, que llega a saber todo lo
que quiere saber, que ha descubierto su especialidad y se dedica a
ella, que sabe que los hombres y mujeres en su vida pueden ser
innumerables, pero se retira a la soledad. Se dedica a su arte, que
puede ser la ciencia o cualquiera de las artes actuales. En el cuento
se trata de un pintor. Él vive solitariamente, pinta, sabe que es
absurdo dejar una obra de arte a la realidad, ya que no hay ninguna
razón para que cada uno no sea su propio Velázquez, su propio
Schopenhauer. Entonces llega un momento en el que decide destruir todo
lo que ha hecho. El no tiene nombre: los nombres sirven para
distinguir a unos hombres de otros, pero él vive solo. Llega un
momento en que cree que es conveniente morir. Se dirige a un pequeño
establecimiento donde se administra el suicidio y quema toda su obra.
No hay razón para que el pasado nos abrume, ya que cada uno puede y
debe bastarse. Para que ese cuento fuese contado hacia falta una
persona del presente; esa persona es el narrador. El hombre aquél le
regala uno de sus cuadros al narrador, quien regresa al tiempo actual
(creo que es contemporáneo nuestro). Aquí recordé dos hermosas
fantasías, una de Wells y otra de Coleridge. La de Wells está en el
cuento titulado The Time Machine —La máquina del tiempo—, donde el
narrador viaja a un porvenir muy remoto y de ese porvenir trae una
flor, una flor marchita; al regresar él esa flor no ha florecido aún.
La otra es una frase, una sentencia perdida de Coleridge que está en
sus cuadernos, que no se publicaron nunca hasta después de su muerte,
y dice simplemente: «Si alguien atravesara el paraíso y le dieran como
prueba de su pasaje por el paraíso una flor y se despertara con esa
flor en la mano, entonces, ¿qué?».
Eso es todo, yo concluí de ese modo: el hombre vuelve al presente y
trae consigo un cuadro del porvenir, un cuadro que no ha sido pintado
aún. Ese cuento es un cuento triste, como lo indica su título: Utopía
de un hombre que está cansado.

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Jorge Luis Borges