William Shakespeare 1564-1623

CORDELIA – Miradme, señor, y extended vuestra mano para bendecirme. ¡No os arrodilléis!

LEAR – No te burles de mí, te lo ruego. Sólo soy un anciano que chochea, los ochenta ya pasados, ni un día menos, y, hablando con franqueza, me temo que no estoy en mi juicio. Creo que te conozco, a ti y a este hombre, pero estoy dudoso: ignoro del todo qué lugar es éste y, por más que lo intento, no recuerdo esta ropa; ni tampoco sé dónde he pasado la noche. No os riáis de mí, pues, tan verdad como que soy hombre, creo que esta dama es mi hija Cordelia.

Romeo y Julieta es, quizás, la más popular de las grandes tragedias de Shakespeare; El Rey Lear, procedente de una crónica Celta, es a mi entender, la cumbre de su ingenio; en eso coinciden poetas y escritores de todas las culturas y tradiciones. Como en un cuento, el rey viejo, les exige a sus hijas que le manifiesten su amor, que le digan cuanto lo aman: Sus hijas mayores, ambiciosas e hipócritas, lo adulan con bellas palabras, mientras que  su hija menor, Cordelia, afirma sus sentimientos con sobriedad. El Rey, vanidoso y caprichoso, cede a las dos primeras sus privilegios y su hacienda. Una vez desposeído de sus títulos y sus bienes, humillado y desconcertado, las hijas lo echan de sus posesiones convertido en un mendigo desquiciado y loco. Al final de la obra, Cordelia paga con su vida  la tardía restitución del honor y jerarquía paterna. La obra es  una prodigalidad de sabiduría verbal e intelectual y la mejor meditación sobre el poder, la soberbia y la decadencia.