La asombrosa guerra de Michael Kohlhaas

Heinrich von Kleist 1777-1811

Nacido en Fráncfort del Oder en 1777, Kleist era hijo de un oficial. En 1804, Kleist debutó como dramaturgo con el estreno en Graz (Austria) de “La familia Schroffenstein”, drama con el que se inicia una producción dramática y narrativa abundante.

La obra y la vida de Heinrich von Kleist sigue siendo para muchos un enigma 200 años después de su muerte. Von Kleist es, sin lugar a dudas, una de las figuras más contradictorias y complejas de la literatura alemana. Su figura ha sido reclamada por diversas corrientes estéticas y ha intentado, a lo largo de los años, ser instrumentalizada por las más variadas ideologías políticas.

Su narración “Michael Kohlhaas”, una de sus obras más famosas, cuenta la historia de un hombre al que “el sentimiento de la justicia hizo asesino y bandolero”. Esta obra, para muchos, es la más representativa del autor. Ha hecho que algunos relacionen a Kleist con la banda terrorista “Fracción del Ejército Rojo” (RAF) y, por extensión, con el terrorismo de izquierdas en general.

En todo caso, la obra de Kleist y las percepciones que se puedan tener son contradictorias y no se agotan en el terreno político sino que parece haber algo más esencial. Thomas Mann, por ejemplo, parecía sentir una mezcla de atracción y repugnancia por la obra de Kleist. Quizás se deba a la radicalidad de sus narraciones y sus dramas, en donde suele haber descripciones y representaciones de excesiva violencia que resultan difíciles de digerir.

Kleist se suicidó el 21 de noviembre de 1811, junto con su amiga Henriette Vogel, enferma de cancer, junto a un lago entre Berlín y Potsdam. El escritor tenía 34 años, sus obras de teatro no tenían el éxito esperado y sus esfuerzos por conseguir un empleo como director dramático habían fracasado.

En vida le fue negado el reconocimiento. Sin embargo, después de su muerte han habido olas de admiración por Kleist que han ido cambiando la percepción de su obra. A comienzos del siglo XX, los expresionistas lo reclamaban como su “hermano mayor”.

Mientras que en 1911, en el primer centenario de la muerte, había quien definía a Kleist como culminación del clasicismo, cincuenta años después otros lo definían como precursor de la vanguardia y ahora su teatro es relacionado con el de Samuel Becket.

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“Los mejores engaños son aquellos que parecen proporcionar a la otra persona una oportunidad: las víctimas sienten que controlan la situación; pero, de hecho, son marionetas. Tenemos que ofrecer a los demás opciones que actúen a nuestro favor sin importar lo que elijan. Hay que forzarlos a tomar decisiones entre el menor de dos males, sirviendo cualquiera de ellas para nuestros propósitos. Hay que ponerles entre la espada y la pared: se la van a clavar vayan donde vayan.” Anónimo

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Heinrich von Kleist escribió una novela del siglo XIX que describe con aplicada narrativa la vida, la tradición y las costumbres del país de los Lânders en el siglo XVI. Como en toda obra literaria, nos encontramos ante una ficción, pero debemos pisar con pie firme, pues nos movemos en terreno movedizo, un camino sembrado de trampas en el que habrá que leer entre líneas para no perdernos en subterfugios sin importancia: las novelas no se escriben para contar historias sino para transformar la vida.

En la obra se cuenta la historia de un hombre al que un terrateniente, Junker von Tronka, le decomisa, de manera arbitraria, una recua de caballos que era su más preciado tesoro. Michael Kohlhass, procura por todos los medios cumplir con las exigencias y obligaciones que se le imponen para recuperar, cumpliendo la ley, sus equinos. Pero no lo consigue. Las bestias han desaparecido. El sentido de la justicia se quiebra. El episodio desata en Kohlhaas, hasta ese día un ciudadano ejemplar, un sentido de retaliación justiciero que lo transforma en forajido. Buscando la reparación por el daño sufrido, destruye pueblos, asesina civiles y siembra el terror por las riberas del rio Havel. Cuentan que llamaron hasta a Martin Lutero para que interviniera e intercediera para apaciguar a Kohlhaas. El Reformador Lutero le envió una misiva en la que le consignaba lo siguiente: “Kohlhaas, tú que pretendes haber sido enviado para empuñar la espada de la justicia, ¿de qué te precias, osado, al valerte de la locura de la ciega pasión si desde la coronilla hasta el calcañar representas el colmo de la injusticia?” Pero solo consiguió un armisticio, la guerra continuó por muchos años.

Es el sentimiento de injusticia, el poder del agravio cometido por quienes tienen la obligación de cumplir y hacer cumplir la ley lo que resulta intolerable y violento, tanto más si el violentado, atacado por el Estado, resulta ser un ciudadano común y corriente cumplidor de su deber. La desmesurada actitud del Estado, como de la respuesta provocada, impide cerrar las heridas con un hombre que, de una u otra forma, refleja una realidad cotidiana de injusticias ancladas al pasado y, otras, al presente en que vivimos, flor apenas entreabierta. Kohlhaas muere como un criminal sin indulgencias, o sí, el Príncipe de Sajonia le reconoció los bienes perdidos, sus derechos y su honra. Pero lo condenó a muerte por haber “quebrantado la paz territorial”. Reparado el agravio, no solo se hizo justicia con él sino con aquellos quienes le habían infringido el daño. Y para que no se repitiera la historia, el Principe se comprometió a educar como caballeros y hombres de bien a los hijos del condenado. Así termina la historia. De ella dijo su autor, Heinrich von Kleist: “El mundo habría tenido que honrar su memoria, a no ser porque el hombre dio en exagerar el cultivo de una virtud: fue el sentido de la justicia, la razón que lo convirtió en forajido y asesino…

Esta novela nos invita a la reflexión frente al sentido de la justicia y el alcance de la injusticia, cuando se ejercen la una como virtud y la otra como defecto de la autoridad en la aplicación del imperio de la ley. Desde aquí, invito a los lectores, a leer esta obra aleccionadora en estos tiempos de guerras injustas, de crímenes nefandos sin sanción, de injusticia y de incumplimientos en el ejercicio y aplicación de la justicia o en el engaño reiterado de políticos marrulleros en el ejercicio de la democracia. Por último, para cerrar esta reseña, no debemos olvidar que el pilar fundamental de la democracia es la justicia en todos sus órdenes.

Los miserables

Víctor Hugo 1802-1885

Poeta, novelista y dramaturgo francés cuyas obras constituyeron un gran impulso para el romanticismo. Hugo nació el 26 de febrero de 1802, en Besançon, y fue educado tanto con tutores privados como en escuelas públicas de París. En 1817 la Academia Francesa le premió un poema y, cinco años más tarde, publicó su primer volumen de poemas, “Odas y poesías diversas”, que fue seguido por la publicación de “Odas y baladas” (1826). En el prefacio del extenso drama histórico “Cromwell” (1827), Hugo plantea un llamamiento a la liberación de las restricciones que imponían las tradiciones del clasicismo. Este encendido llamamiento se convirtió muy pronto en el manifiesto del romanticismo. La censura recayó sobre la segunda obra teatral de Hugo, “Marion de Lorme” (1829), basada en la vida de una cortesana francesa del siglo XVII, por considerarla demasiado liberal. Hugo se resarció de la censura el 25 de febrero de 1830, cuando su obra teatral en verso, “Hernani”, tuvo un multitudinario estreno que aseguró el éxito del romanticismo.

El período comprendido entre 1829-1843 fue el más productivo de la carrera de Víctor Hugo. Su gran novela histórica “Nuestra Señora de París” (1831), que se desarrolla en el París del siglo XV, le hizo famoso y le condujo al nombramiento de miembro de la Academia Francesa en 1841. En otra novela de esta etapa, Claude Gueux (1834) condenó elocuentemente los sistemas penal y social de la Francia de su tiempo. Escribió varios volúmenes de poesía lírica que fueron muy bien recibidos. Entre ellos se cuentan “Orientales” (1829), “Hojas de otoño” (1831), “Los cantos del crepúsculo” (1835) y “Voces interiores” (1837). Obras teatrales de gran éxito suyas son: “El rey se divierte” (1832), el drama “Lucrecia Borgia” (1833) y el melodrama “Ruy Blas” (1838).

Víctor Hugo por razones diversas, fundamentalmente familiares, se alejó de la poesía y se dedicó de un modo más activo a la política. En 1845 fue nombrado par de Francia por el rey Luis Felipe, pero cuando se produjo la revolución de 1848, Hugo era ya republicano. En 1851, después del fracaso de la revuelta contra el presidente Luis Napoleón, más tarde emperador con el nombre de Napoleón III, Hugo hubo de emigrar hacia Bélgica. En 1855 dio comienzo su largo exilio de quince años en la isla de Guernsey.

Durante estos años, Hugo escribió la feroz sátira, “Napoleón el pequeño” (1852), los poemas satíricos “Los castigos” (1853), y el primer volumen de su poema épico “La leyenda de los siglos” (1859-1883). En Guernsey completó su famosa obra “Los miserables” (1862), una novela que describe vívidamente, al tiempo que condena, la injusticia social de la Francia del siglo XIX. Hugo regresó a Francia después de la caída del Segundo Imperio en 1870, y reanudó su carrera política.

Las obras de Víctor Hugo marcaron un decisivo hito en el gusto poético y retórico de las jóvenes generaciones de escritores franceses, y todavía es considerado como uno de los poetas más importantes de este país. A su muerte el 22 de mayo de 1885, Víctor Hugo se había convertido en la personificación de la Republica Francesa, en el símbolo de la sociedad de su siglo, en un mito.

La vida de Víctor Hugo, dada su inmensa obra, no fue la de un monje dedicado a escribir durante años de día y de noche. Todo lo contrario, fue en exceso agitada. En su vida hizo casi tantas cosas como su imaginación pudo fantasear: Siempre se las arregló para estar en el centro de los acontecimientos, en el torbellino de la vida como protagonista o como testigo de excepción. Según cuentan sus biógrafos, su sola vida amorosa fue tan intensa y variada que causa asombro pues se acostó con damas de la más diversa condición desde marquesas a sirvientas con “imparcialidad democrática” como afirma Vargas Llosa, a tal punto que, a sus 83 años se escapó de la casa para hacer el amor con una camarera de su antigua amante Juliette Drouet. Comenta Henry Guillemin en su libro “Hugo y la sexualidad” que en el exilio de Guernesey, el poeta, pese ha haber llevado consigo a su mujer Adele y a su amante Juliette, entabló un constante comercio de relaciones íntimas con damas locales o de paso. Él pagaba las prestaciones de conformidad con un estricto esquema: Si la joven se dejaba mirar solo los pechos, le daba unos pocos centavos. Si se desnudaba del todo pero no podía tocarla, recibía cincuenta centavos. Si podía tocarla, pero sin acostarse con ella, un franco. Y si la relación llegaba a mayores, la retribución podía llegar hasta los dos francos. Estos hechos, descritos en sus carnets secretos, acercan el genio al común de los mortales, al hombre con todos sus defectos y virtudes.

“Mientras que a consecuencia de las leyes y las costumbres, exista una condenación social, creando artificialmente, en plena civilización, infiernos, y complicando con una humana fatalidad el destino, que es divino; mientras no se resuelvan los tres problemas del siglo: la degradación del hombre en el proletariado, la decadencia de la mujer por las desigualdades, la falta de cultura y el hambre, la atrofia del niño por las tinieblas, en tanto que en ciertas regiones sea posible la asfixia social; en otros términos y bajo un punto de vista más dilatado todavía, mientras haya sobre la tierra ignorancia y miseria, los libros de la naturaleza del presente podrán no ser inútiles.”

“Las faltas de las mujeres, de los hijos, de los criados, de los débiles, de los pobres y de los ignorantes, son las faltas de los maridos, de los padres, de los amos, de los fuertes, de los gobernantes, de los ricos y de los sabios. Si un alma sumida en las tinieblas comete un pecado, el culpado no es en realidad el que peca, sino el que no disipa las tinieblas”.

“-Sí. Las brutalidades del progreso se llaman revoluciones. Pero cuando han concluido se reconoce que el género humano ha sido maltratado, pero ha marchado.”

“La filosofía social es esencialmente la ciencia de la paz: tiene por objeto, y debe tener por resultado, disolver la cólera en el estudio del antagonismo; examina, escudriña, analiza y después recompone; procede por vía de reducción, separando siempre el odio.”

Dice Víctor Hugo que en su obra pretende “combinar el drama con la epopeya, que la obra sea pintoresca pero a la vez poética, real pero ideal y verdadera pero grandiosa”.

“Los Miserables” vio la luz pública en 1862, en tres etapas: aparece la primera parte “Fantine” el 3 de abril, después “Cossette” el 15 de mayo y las tres últimas partes, “Marius”, “El idilio de la calle Plumet” y “La epopeya de la calle Saint-Denis”, el 30 de junio de ese mismo año. A su vez, las partes se dividen en libros y estos en capítulos, de pocas páginas de extensión.

El eje principal de la obra es Jean Valjean que posteriormente se convertiría en monsieur Madeleine, llegando a ser alcalde de Montreuil-sur-Mer. En torno a él giran todos los acontecimientos de esta novela así como los personajes principales de la misma: Fantine, natural del mismo pueblo antes citado, que se fue a París a buscar trabajo, pero la expulsaron de la fábrica cuando se enteraron de que estaba embarazada de su hija; Cossette, a quien Fantine tuvo que confiar a los Thénardier para que la criasen porque ella no podía; el joven revolucionario Marius, hijo del Barón de Pontmercy, dado por muerto en la Batalla de Waterloo, el cual se enamora de Cossette, a la que pide en matrimonio y, por último, está el implacable policía Javert, fiel servidor de la justicia, que anda tras la pista de Jean Valjean y cree reconocerlo en el alcalde de Montreuil-sur-Mer.

Las personalidad de Jean Valjean va evolucionando, de ser un reo que pasó diecinueve años en prisión tras varios intentos de fuga, a ser una persona honrada que ayuda y da trabajo a sus convecinos llegando a convertirse en su alcalde. Todo este cambio se produce gracias a la intercesión del obispo Bienvenu que, en vez de denunciarle por el robo de su plata lo manda dejar libre y, más aún, le da los candelabros que no le había robado pero, al mismo tiempo le dice “ya no pertenecéis al mal sino al bien, yo compro vuestra alma y la libro de vuestras negras ideas y de la perdición y la consagro a Dios”. Este desconcierto que en él se produce no impide que tenga un incidente con el pequeño saboyano Gervais, al que le roba una moneda de cuarenta dineros pero dándose cuenta de la fechoría que había cometido intenta remediarlo, mas ya es tarde.

La sociedad de esta época, cambia: emigra del campo a la ciudad, donde hay más posibilidad de encontrar trabajo. Es la época en que empieza la revolución industrial pero, al mismo tiempo, es una época de miseria, donde la gente tiene lo justo para su sustento y el que no lo tiene, como era el caso de Jean Valjean, necesita robar a los demás para dar de comer a su familia, pero la justicia, hoy como ayer, no entiende de miserias y es detenido y llevado a presidio. La miseria hace que todos se unan y marchen en una misma dirección y llegue su triunfo final, epopeya que sucede en las barricadas de París durante la revolución Francesa de 1789.

Bouvard y Pécuchet

 

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Gustave Flaubert 1821-1880

Gustave Flaubert nació el 12 de diciembre de 1821, en Ruán, Normandía, y murió el 8 de mayo de 1880, en Croisset, una casa de campo en las cercanías de Ruán, donde vivió con su familia, casi toda su vida, pues tenía que llevar una vida tranquila por problemas de salud.

La obra más importante de su producción, “Madame Bovary – Costumbres Provincianas”, fue escrita en 1857. Toma como escenario la burguesía del Siglo XIX a la que describe con detalles de lo observado y muestra el adulterio y el suicidio, la monotonía y las desilusiones de la vida cotidiana y otros temas que -si salían a la literatura- escandalizaban, lo que le valió el tener que enfrentarse a un juicio por ofensas a la moral pública y a la religión.

Si bien “Madame Bovary” es la más conocida de las novelas de Flaubert, también escribió obras tales como la novela histórica “Salambó” (1862), la novela “La educación sentimental” (1869), “La tentación de San Antonio” (1874), tres narraciones cortas publicadas con el título de “Tres cuentos” (1877) y dos trabajos editados póstumamente, la novela inacabada “Bouvard y Pécuchet” (1881) y “Diccionario de lugares comunes” (1911) y sus cartas, publicadas póstumamente, “Correspondencia” (4 volúmenes, 1887-1893).

“Ser estúpido, egoísta y estar bien de salud, he aquí las tres condiciones que se requieren para ser feliz. Pero si os falta la primera, estáis perdidos”.

“¿Hay ideas tontas e ideas grandes? ¿No dependerá acaso de cómo se llevan a la práctica?”

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Se cumplen 190 años del natalicio del escritor francés, con un merecido lugar entre los clásicos no sólo por haber creado a Emma Bovary sino por haber escrito “La educación sentimental”. Sin embargo, al volver sobre su obra a veces nos olvidamos de “Bouvard y Pécuchet”, la inacabada novela publicada hace 130 años, obra que debiéramos leer antes de fin de año, para cerrarlo con satisfacción.

Tan importante es esta novela que está reseñada en las Obras completas de Borges con el artículo “Vindicación de Bouvard y Pécuchet”, donde exalta el talento de Flaubert para escribir una “historia engañosamente simple”. “Las negligencias o desdenes o libertades del último Flaubert han desconcertado a los críticos; yo creo ver en ellas un símbolo. El hombre que con “Madame Bovary” forjó la novela realista fue también el primero en romperla. La obra mira, hacia atrás, a las parábolas de Voltaire y de Swift y de los orientales y, hacia delante, a las de Kafka. ¿Se propuso Flaubert hacer una revisión de todas las ideas modernas sobre la novela y murió en el epílogo? No lo sabemos. Lo cierto es que dejó muestras de la dimensión de su capacidad narrativa, de su comprensión del mundo y del alma humana.

“Bouvard y Pécuchet” es una obra magistral, es la historia de dos almas gemelas, pero, a medida que avanza la novela, el lector empieza a descubrir la farsa filosófica creada por Flaubert: la acción comienza en 1839. Bouvard y Pécuchet se sientan casualmente una tarde de mucho calor en el mismo banco de una calle de París, empiezan a conversar y se sorprenden de todas las cosas que les unen: ambos tienen 47 años, ambos son copistas en oficinas grises y viven solos (uno es viudo sin hijos y el otro soltero). Se hacen amigos, y gracias a la herencia que recibe Bouvard pueden dejar la capital e instalarse en una casa de campo. Aquí empezarán interesándose por la agricultura, pero desoirán los consejos de los lugareños y se guiarán por la lectura de manuales agrícolas. Fracasarán y este será el comienzo de una intensa serie de fracasos en prácticamente todas las disciplinas del saber humano. Bouvard y Pécuchet son dos imbéciles que, al igual que Alonso Quijano, quieren vivir según lo aprendido en los libros. La obra es una exploración a los límites de la ingenuidad, la imbecilidad, la ignorancia y la filosofía.

El talento de los protagonistas de esta obra radica en que dejan sus trabajos y se retiran al campo a disfrutar de una herencia. Sin embargo, más que trabajar el agro para adquirir buenas cosechas empiezan a cultivar su propio pensamiento sin habérselo propuesto. Y en la medida que van teniendo más conocimientos, más se enredan en sus propósitos… Se consultan mutuamente, investigan en un libro, pasan a otro, y después no saben qué resolver ante la divergencia de opiniones.

Pasan mucho tiempo en estas disquisiciones y consideraciones hasta que la granja los devora y para librarse de este sino trágico acuden a todos lo saberes agrícolas hasta que se dan por vencidos y terminan en ciencias como química, anatomía, medicina, fisiología. Cada libro, cada estudio, cada debate les genera mayores interrogantes y mayor confusión hasta que Bouvard afirma: “Los resortes de la vida están ocultos para nosotros”.

En largas jornadas de reflexión, revisan las teorías de la creación del mundo, la arqueología, la geología, el origen del hombre, el arte, la historia, la política, la gramática. Incluso abordan gimnasia, espiritismo, magnetismo, esoterismo y magia. Es el transito inesperado de la vida misma. Siempre los personajes inmersos en una sociedad decadente, en transformación, buscando su propia identidad mental y espiritual. Por algo Bouvard piensa que “no se sabe nada de un hombre en tanto se ignoran sus pasiones”. Y por ello se sumergen, sin ningún concierto y sin guía, en el amplio mundo del conocimiento humano.

Flaubert, para justificar las utopías de sus personajes, afirmó: “Lo espantoso del mundo los desconsolaba y para hacerlo más hermoso lo han padecido todo”, hasta tal punto que, no estudian más por miedo a más decepciones y terminan construyendo discursos sobre la libertad, el amor, las mujeres, la amistad, la religión, la alquimia etc. Sus inteligencias necesitan una tarea y sus existencias una finalidad. Todo lo vivido se justifica y Flaubert por eso redondeó anotando: “Las dudas los agitaban, porque si los espíritus mediocres son incapaces de cometer errores, los errores son propios de los maestros y ¿habrá que admirarlos? ¡Es demasiado! No obstante ¡los maestros son los maestros!”.

Esperando a Godot

Samuel Beckett 1906-1989

Novelista y dramaturgo irlandés. Estudió en la Portora Royal School, y luego, ingresó en el Trinity College de Dublín, donde obtuvo la licenciatura en lenguas románicas. En París escribió un ensayo crítico sobre Marcel Proust y conoció a su compatriota James Joyce.

En 1942, huye de la Gestapo para afincarse en el sur de Francia, que estaba libre de la ocupación alemana, donde escribió su novela “Watt”. Finalizada la contienda, se entregó de lleno a la escritura: terminó la trilogía novelística “Molloy”, “Malone muere” y “El innombrable”. Además escribió dos piezas de teatro.

La difícil tarea de encontrar editor se resolvió en 1951, cuando su compañera, Suzanne Deschevaux-Dumesnil, que más tarde se convertiría en su esposa, encontró uno para “Molloy”. El éxito de esta novela propició la publicación de otras, y en especial dio pie a la representación de “Esperando a Godot” en el teatro Babylone de París. El resonante éxito de crítica y público que obtuvo la obra le abrió las puertas de la fama.

Becket rompió con las técnicas tradicionales dramáticas. La nueva estética que propuso le acercaron a Ionesco, y provocó la aparición de la etiqueta del absurdo en el teatro. Se trata de un teatro sin acción ni trucos escénicos, con decorados desnudos de carácter simbólico, personajes esquemáticos y diálogos apenas esbozados. Es la apoteosis de la soledad y la insignificancia humanas, sin el menor atisbo de esperanza.

La Segunda Guerra Mundial produjo una fuerte sacudida de las conciencias. Esa masacre inútil hizo tambalear todos los valores, la fe en el hombre y en el futuro de la Humanidad; asimismo, los intelectuales buscaron nuevos derroteros para salvar lo poco que quedaba en los rescoldos de la hoguera.

Una de las consecuencias del conflicto fue la aparición del pensamiento existencialista preguntándose sobre el destino del hombre en un mundo donde prevalecía el absurdo y el sin sentido. Esta filosofía ocupó rápidamente el arte y la literatura y el teatro: El primer fruto del existencialismo en esta rama de la cultura fue el teatro del absurdo, cuyo primer representante fue Eugene Ionesco con “La Cantante Calva”. Este teatro propuso una visión de la realidad como algo sin sentido dentro del cual se desarrollaba la vida humana carente de significado y finalidad.

Aparece luego “Esperando a Godot”, que constituye una obra maestra del teatro contemporáneo.

Casi al final del primer acto, Didi y Gogo esperan a Godot a un lado del camino, en la monotonía del páramo, apenas rota por el árbol que nace a un lado de ellos. El Muchacho acaba de irse, luego de avisarles que Godot no llegará ese día. Súbitamente se hace de noche y, bajo una luna pálida, Gogo parafrasea un par de versos de “A la luna”, de Shelley. (Beckett sólo incluyó ese pasaje en la versión inglesa.) El poema íntegro dice:

“¿Estás pálida de hastío

de escalar el cielo y contemplar

la tierra,

vagando sin compañía

entre estrellas de orígenes distintos,

y siempre cambiando, como un ojo

sin alegría

que no encuentra un objeto digno de

su constancia?”

La particular puesta en escena de “Esperando a Godot” me trae a la memoria las campañas políticas donde los candidatos ofrecen de todo, y sus ofertas, después del triunfo electoral, nunca llegan. Es, guardadas las distancias de interpretación, como la definición de estupro: “prometer para meter y después de metido no cumplir lo prometido”.

“Esperando a Godot” se divide en dos actos en los que aparecen dos personajes vagabundos, Vladimir y Estragón que esperan inútilmente junto a un camino a Godot.

Los asistentes a la representación nunca llegaremos a saber quién es este sujeto, ni qué tipo de asunto ha de tratarse con él, y, por supuesto, nunca aparece. Mientras esperan, Vladimir y Estragón hablan entre sí, hacen juegos circenses y proyectan suicidarse. En cada acto se encuentran, también, con el tirano Pozzo y su esclavo Lucky. Aparece también un joven que avisa a los protagonistas de que Godot no vendrá hoy, pero mañana seguro que sí…

El argumento de la obra, aparentemente sin sentido, revela la condición de los personajes, su vacío vital, su desesperanza, el sin sentido de la vida. En síntesis, la obra es un angustioso interrogante sobre el sentido de la vida y la esperanza, una esperanza que siempre será vana e inútil.

Antígona

Sófocles 496 – 406 aC

Poeta trágico de la antigua Grecia. Autor de obras como “Antígona” o “Edipo rey”, se sitúa, junto con Esquilo y Eurípides, entre las figuras más destacadas de la tragedia griega. De toda su producción literaria solo se conservan siete tragedias completas, que son de importancia capital para el género. Hijo de un rico armero llamado Sófilo, a los dieciséis años fue elegido director del coro de muchachos para celebrar la victoria de Salamina. En el 468 aC se dio a conocer como autor trágico al vencer a Esquilo en el concurso teatral que se celebraba anualmente en Atenas durante las fiestas Dionisias.

CREONTE (a Antígona) – Y tú, tú que inclinas al suelo tu rostro, ¿confirmas o desmientes haber hecho esto?

ANTÍGONA – Lo confirmo, sí; yo lo hice, y no lo niego.

CREONTE (Al guardián.) – Tú puedes irte a donde quieras, ya del peso de mi inculpación. (Sale el guardián). Pero tú (a Antígona) dime brevemente, sin extenderte; ¿sabías que estaba decretado no hacer esto?

ANTÍGONA – Sí, lo sabía: ¿cómo no iba a saberlo? Todo el mundo lo sabe.

CREONTE – Y así y todo, ¿te atreviste a pasar por encima de la ley?

ANTÍGONA – No era Zeus quien me la había decretado, ni Dike, compañera de los dioses subterráneos perfiló nunca entre los hombres leyes de este tipo. Y no creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuando fue que aparecieron. No iba yo a atraerme el castigo de los dioses por temor a lo que pudiera pensar alguien: ya veía, ya, mi muerte –y cómo no?—, aunque tú no hubieses decretado nada; y, si muero antes de tiempo, yo digo que es ganancia: quien, como yo, entre tantos males vive, ¿no sale acaso ganando con su muerte? Y así no es, no desgracia, para mí, tener este destino; y en cambio, si el cadáver de un hijo de mi madre estuviera insepulto y yo lo aguantara, entonces, eso sí me sería doloroso; lo otro, en cambio, no me es doloroso: puede que a ti te parezca que obré como una loca, pero, poco más o menos, es a un loco a quien doy cuenta de mi locura.

CORIFEO – Muestra la joven fiera audacia, hija de un padre fiero: no sabe ceder al infortunio.

CREONTE (Al coro). – Sí, pero sepas que los mas inflexibles pensamientos son los mas prestos a caer: Y el hierro que, una vez cocido, el fuego hace fortísimo y muy duro, a menudo verás cómo se resquebraja, lleno de hendiduras; sé de fogosos caballos que una pequeña brida ha domado; no cuadra la arrogancia al que es esclavo del vecino; y ella se daba perfecta cuenta de la suya, al transgredir las leyes establecidas; y, después de hacerlo, otra nueva arrogancia: ufanarse y mostrar alegría por haberlo hecho. En verdad que el hombre no soy yo, que el hombre es ella si ante esto no siente el peso de la autoridad; pero, por muy de sangre de mi hermana que sea, aunque sea más de mi sangre que todo el Zeus que preside mi hogar, ni ella ni su hermana podrán escapar de muerte infamante, porque a su hermana también la acuso de haber tenido parte en la decisión de sepultarle. (A los esclavos). Llamadla. (Al coro). Sí, la he visto dentro hace poco, fuera de sí, incapaz de dominar su razón; porque, generalmente, el corazón de los que traman en la sombra acciones no rectas, antes de que realicen su acción, ya resulta convicto de su arteria. Pero, sobre todo, mi odio es para la que, cogida en pleno delito, quiere después darle timbres de belleza.

ANTÍGONA – Ya me tienes: ¿buscas aún algo más que mi muerte?

CREONTE – Por mi parte, nada más; con tener esto, lo tengo ya todo.

ANTÍGONA – ¿Qué esperas, pues? A mí, tus palabras ni me placen ni podrían nunca llegar a complacerme; y las mías también a ti te son desagradables. De todos modos, ¿cómo podía alcanzar más gloriosa gloria que enterrando a mi hermano? Todos estos, te dirían que mi acción les agrada, si el miedo no les tuviera cerrada la boca; pero la tiranía tiene, entre otras muchas ventajas, la de poder hacer y decir lo que le venga en gana.

CREONTE – De entre todos los cadmeos, este punto de vista es solo tuyo.

ANTÍGONA – Que no, que es el de todos: pero ante ti cierran la boca.

CREONTE – ¿Y a ti no te avergüenza pensar distinto a ellos?

ANTÍGONA – Nada hay vergonzoso en honrar a los hermanos.

CREONTE – ¿Y no era acaso tu hermano el que murió frente a él?

ANTÍGONA – Mi hermano era, del mismo padre y de la misma madre.

CREONTE – Y, siendo así, ¿cómo tributas al uno honores impíos para el otro?

ANTÍGONA – No sería esta la opinión del muerto.

CREONTE – Si tú le honras igual que al impío…

ANTÍGONA – Cuando murió no era su esclavo: era su hermano.

CREONTE – …que había venido a arrasar el país; y el otro se opuso en su defensa.

ANTÍGONA – Con todo, Hades requiere leyes igualitarias.

CREONTE – Pero no que el que obró bien tenga la misma suerte que el malvado.

ANTÍGONA – ¿Quién sabe si allí abajo mi acción es elogiable?

CREONTE – No, en verdad no, que un enemigo ni muerto, será jamás mi amigo.

ANTÍGONA – No nací para compartir el odio sino el amor.

CREONTE – Pues vete abajo y, si te quedan ganas de amar, ama a los muertos que, a mí, mientras viva, no ha de mandarme una mujer.

ANTÍGONA de Sófocles, toda vez que se eleva como la tragedia que representa la máxima expresión de la libertad, la familia y el derecho natural frente al despotismo y a las razones de estado, es también, guardadas las distancias y la forma de entender la vida, volver a lo griego, como valor fundamental de la civilización occidental. Cada vez que Antígona es representada, o simplemente leída, levantándose altiva, gloriosa y mártir muriendo en escena, ganamos de alguna manera la libertad y la democracia. Y Sófocles, como diría José María Pemán, gana nuevamente la batalla de Salamina, y con ella, la civilización europea, al contrario, si se hubiere perdido, seriamos persas u orientales, y nuestro destino seria distinto al que vivimos.

Pero vayamos con “Antígona”, lo que ella representa: El pensamiento claro de la razón de la verdad frente a la razón de la política: Eteocles y Polinices, los hijos de Edipo, mueren peleando en bandos contrarios, en el cerco y liberación de Tebas. Eteocles, del lado de la ciudad; Polinices, del lado de los sitiadores. Creonte, el déspota gobernante de Tebas, decreta que Eteocles sea enterrado con todos los honores que corresponden a los héroes que mueren por la patria; Polinices, en cambio, que murió del lado de los sitiadores, debe quedar insepulto como carnaza de los buitres y escarmiento de los Tebanos.

Conocido el decreto del déspota, Antígona, hija también de Edipo, se propone desobedecer el mandato y enterrar a su hermano. En su intento, Antígona es sorprendida por los soldados y llevada presa ante el tirano, que la increpa por su desobediencia, recordándole que habrá pena de muerte para quien entierre a Polinices. Entre Antígona y Creonte se produce un diálogo que se eleva sobre el simple interrogatorio judicial de lo ocurrido y produce un choque entre la ley natural y la piedad familiar con la voluntad personal y arbitraria del tirano. Creonte sentencia según su poder material y su voluntad omnímoda. Antígona argumenta según la ley natural fijada por los dioses en el espíritu humano. Esta escena representa, sin lugar a dudas, el nacimiento de la libertad, de la dignidad humana, de la conciencia personal frente a cualquier tiranía: Antígona le grita a Creonte que sus decretos no tienen ningún valor en la región del Hades y que ella no nació para compartir el odio sino el amor. Creonte le responde pronunciando su sentencia de muerte y Antígona es enterrada viva en una cueva en la montaña.

Hemon, el hijo de Creonte corre a liberar a Antígona, su amada, y al encontrarla muerta se quita la vida…

La Tragedia de Antígona nos coloca frente a los valores humanos: La libertad, la dignidad, el derecho natural y la familia, en síntesis, la defensa de los derechos personalísimos del ser humano. Pero, y lo más importante, ante la exigencia de ser críticos ante los hechos y circunstancias que rodean nuestras vidas: actuar con recta conciencia.

Mendel el de los libros

Stefan Zweig 1881-1942

Nacido en Viena, Stephan Zweig fue poeta, traductor, editor, pacifista, humanista y europeo. Emigró a Suiza durante la Primera Guerra Mundial, de 1917 a 1918, y fue uno de los autores más traducidos antes de la Segunda Guerra Mundial. En 1934 emigra a Londres y en 1941 se exilia a Brasil donde, junto a su mujer, se suicida el 23 de febrero de 1942.

Hoy, todavía conocido por algunos de sus relatos, Stefan Zweig ha caído prácticamente en el olvido en su faceta de personaje fundamental del exilio.

Zweig fue uno de los más acérrimos defensores de la «comunidad intelectual de Europa» y de la «gran amistad del espíritu que desconoce las fronteras». Terminada la guerra, volvió a su país, se instaló en Salzburgo, donde llevó una existencia laboriosa, interrumpida tan solo por sus frecuentes viajes, que le dieron materia y ocasión de nuevas actividades. En tal ciudad compuso los volúmenes de cuentos “Amok” (1922) y “Confusión de sentimientos” (1925), reunidos luego en un ciclo, “La cadena”, junto con el libro precedente, “Primera experiencia” de 1911; allí también aparecieron los ensayos contenidos en los tres trípticos titulados “Tres maestros” (1920), “La lucha contra el demonio” (1925) y “Tres poetas de la propia vida” (1930). A este ciclo cabe vincular otro tríptico, “La curación por el espíritu” (1932). El método empleado en estas trilogías y en la serie de “miniaturas” históricas “Momentos estelares de la humanidad” es la crítica psicológica de fondo freudiano: Zweig, en efecto, defendió apasionadamente las doctrinas de Freud, y durante años enteros, de 1926 a 1931, colaboró en el Almanaque de psicoanálisis publicado en Viena.

Mientras tanto, la casa del escritor, en Salzburgo, se había convertido en punto de reunión de los principales artistas de toda Europa, de Thomas Mann a Toscanini; sin embargo, en 1934 Zweig resolvió abandonarla, y, movido por un oscuro presentimiento del final de la independencia austríaca, fue a establecerse en Inglaterra, donde terminó su libro acerca de María Estuardo. El año siguiente llevó a cabo todavía un viaje a Brasil y a Argentina. De vuelta a Europa, amargaban su existencia el espectro de la guerra próxima y una difícil situación familiar: se había separado de su mujer (el divorcio fue a fines de 1938), cuando el literato se enamoró de su joven secretaria Lotte Altmann, a la que se unió el año siguiente. En 1940 emigró a Estados Unidos y luego fijó su residencia en Brasil. El cansancio de la vida nómada y el hundimiento de sus esperanzas en un mundo basado en la cultura y la comprensión humana le indujeron a buscar la huida y el reposo en la muerte, y así, se suicidó junto con su joven esposa.

“Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso -la monarquía de los Habsburgos-, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro. Me crié en Viena, metrópoli dos veces milenaria y supranacional, de donde tuve que huir como un criminal antes de que fuese degradada a la condición de ciudad de provincia alemana. En la lengua en que la había escrito y en la tierra en que mis libros se habían granjeado la amistad de millones de lectores, mi obra literaria fue reducida a cenizas. De manera que ahora soy un ser de ninguna parte, forastero en todas; huésped, en el mejor de los casos. También he perdido a mi patria propiamente dicha, la que había elegido mi corazón, Europa, a partir del momento en que ésta se ha suicidado desgarrándose en dos guerras fratricidas” (“El mundo de ayer”)

Escrito en 1929, “Mendel el de los libros” narra la trágica historia de un excéntrico librero viejo que pasa sus días sentado siempre a la misma mesa en uno de los muchos cafés de la ciudad de Viena. Con su memoria enciclopédica, el inmigrante judío ruso no sólo es tolerado, sino querido y admirado por el dueño del Café Gluck y por la culta clientela que requiere sus servicios.

Llegué a este libro por casualidad, lo encontré en una librería: viejo, arrumado entre muchos otros libros, esperando un lector. Me gustan las historias sencillas de Sweig, pequeñas fábulas que dejan siempre una reflexión que incitan a pensar al lector.

Este relato nos presenta un gran personaje, Jacob Mendel. Librero de memoria prodigiosa, al estilo del Funes de Borges, y como Funes, se trata de una memoria de inventario, sin preocuparse de su contenido.

Este personaje se aproxima al mundo sólo a través de los libros, y allí radica el origen de su tragedia. Desde la mesa del Café Gluck que habita desde hace décadas, ignora los designios de la guerra en que está sumida Austria, y se desentiende de cuestiones mundanas como su propio origen de judío ruso que precipitará su arresto y conducción a un campo de concentración.

Declaración antes de morir:

Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma. Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria. De esta manera considero lo mejor, concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal. Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.

Stefan Zweig

Veinte mil leguas de viaje submarino

Julio Verne 1828 – 1905

Julio Verne nació en Nantes, Francia, el 8 de Febrero de 1828. Fue el primogénito de Pierre Verne, un abogado burgués hijo a su vez de un juez. Verne estudió leyes en París. Sus inicios como escritor no son muy afortunados. Escribe algunas piezas de teatro y comedias que apenas logra divulgar. En 1850 escribe una comedia ligera, “Las pajas rotas” que logra estrenar en París con modesto éxito. En 1857 se casa con Honorine de Viane, viuda de Morel y madre de dos hijas. A principios de 1863 aparece “Cinco Semanas en Globo”, con un éxito de público extraordinario. Durante varios días, visita a quince editores que rechazan su obra, pero por fin va a ver a Jules Hetzel. El excéntrico editor cree en él y le aconseja algunos cambios. Firman un contrato por veinte años para tres novelas anuales y Verne le da a la colección el título de “Viajes extraordinarios alrededor del mundo”. Apasionado de los viajes y la ciencia, elementos fundamentales en su obra, Verne despertó vivamente el interés por la ciencia y los inventos en el siglo XIX. Documentaba sus fantásticas aventuras y predijo con asombrosa exactitud muchos de los logros científicos del siglo XX. Habló de cohetes espaciales, submarinos, helicópteros, aire acondicionado, misiles dirigidos e imágenes en movimiento, mucho antes de que aparecieran estos inventos. Obras como “Un viaje al centro de la Tierra” (1864) y “La vuelta al mundo en ochenta días” (1873), revelaron su talento al mezclar la ficción propia de la novela con los descubrimientos científicos de su propio tiempo. Verne escribió numerosas novelas y cuentos entre los que se destacan “Viajes extraordinarios alrededor del mundo” (1863), “El desierto de hielo” (1866), “Los hijos del capitán Grant” (1867-68), “Veinte mil leguas de viaje submarino” (1870), “De la tierra a la luna” (1865), “La isla misteriosa” (1874), ” Miguel Strogoff” (1876), “Un capitán de quince años” (1878), “Las tribulaciones de un chino en China” (1879), “El castillo de los Cárpatos” (1892), “El soberbio Orinoco” (1897), “El pueblo aéreo” (1901), “El amo del mundo” (1904) o “El faro del fin del mundo” (1905), entre otras. Las obras de Verne han sido llevadas al cine en numerosas ocasiones. La primera adaptación cinematográfica de “Un viaje a la Luna” fue realizada por el pionero cineasta francés Georges Méliès. Julio Verne muere en Amiens el 24 de marzo de 1905. Trabajaba entonces en una novela que llamaría “La Visión del Mar”, en la que las aguas invadirían Europa arrasándolo todo a su paso. Otra novela póstuma es “El Eterno Adán”.

“No me enorgullece particularmente haber escrito sobre el automóvil, el submarino, el dirigible, antes de que estuvieran en el dominio de las realidades científicas. Cuando hablé de ellos en mis libros como de cosas reales, ya estaban inventadas a medias”.

“Todo lo que yo invento, todo lo que yo imagino, quedará siempre más acá de la verdad, porque llegará un momento en que las creaciones de la ciencia superarán a las de la imaginación”.

“Qué gran libro se podría escribir con lo que se sabe. ¡Otro mucho mayor se escribiría con lo que no se sabe!”

 Este detallado clásico de ciencia ficción del siglo XIX se abre con un recuento de varios rumores acerca de un gigantesco monstruo marino que ha confundido y aterrorizado a marinos alrededor de los océanos del mundo. El narrador es el profesor Arronax, un profesor francés de Historia Natural que ha sido enrolado por el gobierno francés para unirse a una expedición internacional para capturar y destruir al monstruo. Está acompañado, a bordo del buque “US Abraham Lincoln”, por Conseil (su sirviente) y por su amigo Ned Land, un arponero canadiense experimentado y entusiasta. Luego de meses en el mar se encuentran con el “monstruo”. Durante la larga persecución el buque sufre una colisión y el profesor Arronax es tirado al agua. Conseil salta para rescatarlo y ambos nadan tratando de alcanzar el buque. Finalmente son acarreados a la costa por Ned, quien también había sido lanzado al agua pero que había caído sobre la misma cosa que habían estado persiguiendo todo este tiempo. Los protagonistas de esta historia son encerrados en un cuarto oscuro, varios días, hasta que finalmente el capitán del extraño barco aparece. Entrevista a los cautivos en tres idiomas diferentes hasta que finalmente se presenta a sí mismo como el Capitán Nemo, constructor de el buque submarino Nautilos para escapar del ‘mundo de los hombres’. Debido al secreto del buque y a que este está en constante movimiento, el profesor y sus acompañantes deben permanecer prisioneros del capitán y nunca regresar a tierra firme. Mientras sus compañeros pierden la paciencia el profesor siente curiosidad acerca del capitán y su nave sin darle importancia a permanecer encarcelado y mira su retención como una oportunidad científica. Durante el largo viaje nuestros personajes presencian las maravillas del fondo marino. Viajan por un conducto submarino entre el Mar Rojo y el Mediterráneo; descubren colonias de perlas y el capitán lleva al profesor hasta la ciudad perdida de Atlantis. La más trágica de estas aventuras es un encuentro con otro barco donde en plena batalla uno de los hombres del capitán es herido de muerte y luego enterrado en lo profundo del mar. El Capitán Nemo les revela su ambición de ser el primer hombre en llegar al polo sur. Realizan la travesía y planta su propia bandera en el Polo. El viaje es tan azaroso que el Nautilos queda atrapado bajo témpanos de hielo y les es imposible subir a la superficie a por aire. Todos los navegantes se turnan para excavar el hielo compartiendo las limitadas provisiones de aire que quedan en los tanques. Las acciones de los personajes en este desafío revelan la fuerza y el coraje de Ned, la dedicación de Conseil hacia su amo y la lealtad del capitán hacia su tripulación. El incidente de los icebergs es seguido por el ataque de un calamar gigante en el que muere otro miembro de la tripulación, seguido a su vez por una batalla con otro buque el cual es destruido por el nautilo. Todos estos sucesos hacen que Ned se decida a escapar. Cuando se encuentran cerca de la costa de Noruega roba uno de los botes de remo y escapa junto a Conseil y el Profesor. En su viaje hacia la costa se enfrentan a una terrible tormenta pero sobreviven y el profesor jura contarle al mundo su extraordinario viaje de diez meses en el misterioso buque. Su pensamiento final es desear que el Capitán Nemo, si es que está con vida, encuentre la paz que tanto necesita.

Para entender mejor el entorno histórico y científico del siglo XIX en el que Verne vivió, baste citar que el novelista es contemporáneo de Darwin (1809-1882), Mendel (1822-1884), Pasteur (1822-1895), Koch (1843-1910), Maxwell(1831-1879), Hertz (1857-1894), Humboldt (1769-1859), Marx (1818-1883). Roentgen (1845-1923) y Planck (1858-1949).

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